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Tras las barras y las estrellas

Última modificación 20/01/2009 19:53
por luisg

El periodista Agustín Escobar Ledesma lleva muchos años siguiendo la huella de la migración en el estado de Querétaro. Ha explorado sus distintas facetas: los que se van, sobre todo a Estados Unidos; los que se quedan y las condiciones en las que viven; los jornaleros de otros estados que llegan a trabajar en la entidad; y los centroamericanos que cruzan en tren, camino hacia el norte.

Por: Tania Molina Ramírez

En Tras las barras y las estrellas, Escobar Ledesma ha recogido innumerables testimonios e historias, como de los jornaleros mixes en los campos de espárragos queretanos y de los locales que llegan hasta las Islas Bahamas a trabajar como albañiles y carpinteros, que ahora publica en el libro Tras las barras y las estrellas, homo emigrantis queretanensis (Viterbo, 2008).

Se trata de una recopilación de textos publicados entre 1997 y 2008 en diversos medios escritos, entre ellos los suplementos Masiosare y La Jornada Semanal, de La Jornada, Tribuna de Querétaro y Voz de la Sierra.

Muchas de las historias son de sufrimiento, dolor, injusticia, hablan de patrones abusivos, largas caminatas por el desierto, coyotes traicioneros, sueños que no se cumplen.

Pero también están las historias de “éxito”, como la de Enrique Hernández Botello, que pasó de lavaplatos a calificado trabajador en una plataforma petrolera.

O Gumaro Sánchez Pérez, que regresó de Los Ángeles a su natal San Miguel a instalar una maquiladora de ropa que exporta a Estados Unidos.

O la de “el pintor de los migrantes”, Jorge Reséndiz Reséndiz, en Maconí, Cadereyta, quien dice: “Yo quisiera manifestar un lenguaje propio que represente nuestras raíces que han sido influenciadas muy fuerte por la emigración”.

Por otro lado, Querétaro es un estado por el cual cruzan los centroamericanos, sobre todo en tren, en su camino a Estados Unidos. El autor cuenta las historias de quienes ayudan a los que atraviesan el estado, como la asociación civil Jesús de la Misericordia y María Concepción Moreno Arteaga, encarcelada por dar de comer a los migrantes.

También está la historia de los santos que ayudan a cruzar la frontera: “Si bien Juan Soldado es el santo de los indocumentados, en los últimos años, la iglesia católica ha emprendido una intensa campaña mediática para contrarrestar su influencia entre la comunidad migrante, y para ello ha echado mano de San Toribio Romo, uno de las decenas de cristeros de los Altos de Jalisco recién canonizados”.

En las historias personales está entretejida la historia de la región, elementos como las condiciones laborales que empujan a irse y la puesta en marcha del TLCAN.

El último capítulo del libro está dedicado al “otro lado”, con una crónica desde California, a donde el autor tuvo que ir para visitar a un amigo encarcelado en una prisión de alta seguridad, cerca de Fresno: “Si Max no hubiera caído en la cárcel, tal vez jamás en mi vida habría ido al Otro Lado. Fue un viaje obligado…”.

Curiosamente, el reportero que tantas veces registró historias sobre sus paisanos en Estados Unidos, jamás había estado ahí: “La verdad es que me asustan más los aviones que los gigantes antropófagos; no soporto los despegues y los aterrizajes, siento un terrible vacío estomacal que despresuriza mis intestinos. Por otro parte, para mí el idioma inglés ha sido un temible cíclope que me infunde un pánico arquetípico y, al arribar al aeropuerto de Los Ángeles, ni siquiera sabía hacer una llamada telefónica de los aparatos públicos, ¡qué desolación!”.

El prólogo del libro fue escrito por Jorge Bustamante, relator especial de la ONU para los derechos humanos de los migrantes.

Para informes sobre el libro usted puede escribirle a Agustín Escobar.


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