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Jornaleros, lo más delgado del hilo

Última modificación 26/08/2010 20:14
por luisg

“Los jornaleros son la parte más frágil de la migración”, dice Carlos García, dirigente del Movimiento Puente, quien pide no olvidar que aunque la juez federal congeló algunas de las partes más polémicas de la ley Arizona, ésta sí entró en vigor y algunas de sus disposiciones pegan directamente a quienes piden chamba en las calles

Jornaleros, lo más delgado del hilo

Los domingos, los jornaleros que viven bajo los árboles en Oceanside, California, cenan en la calle, gracias al apoyo de una iglesia local

Por: Arturo Cano.

Phoenix y San Diego. “¿Tienen problemas para rentar el departamento donde viven?”Ninguno, para eso no hay indocumentados”, responde Franco Escamilla, natural de la Sierra Norte de Puebla, a donde envía dólares para sus cuatro hijas.

Escamilla, como otros jornaleros, ha tenido varios trabajos de planta. Fue cocinero en un restaurante de comida italiana y carpintero en una fábrica de muebles (todavía abre los ojos como platos cuando recuerda que participó en la hechura de una cocina integral “¡de 75 mil dólares, que se llevaron a una de Ensenada”, México).

A su lado cavila el morelense Miguel Reséndiz, quien sin la herramientas de los analistas de Washington, llega a conclusiones similares: “Si realmente quisieran detener el narcotráfico y la inmigración lo harían, pero no les conviene. A ver, ¿por qué dejan pasar más cuando vienen las cosechas?”

El morelense no se explica de otra manera cómo pudo pasar él, en un grupo de ochenta migrantes guiado por un pollero. “Caminamos durante una semana, siempre de noche, y pasamos al lado de una base militar sin que nadie nos dijera nada”.

Con otros 15 jornaleros, Reséndiz aguarda chamba en la línea imaginaria que separa las tiendas Home Depot y Walmart. Los trabajadores tienen prohibido permanecer en el estacionamiento de la primera, y para que hagan caso hay un guardia permanente, a bordo de una camioneta. Cuando un contratista se acerca en su vehículo, el guardia le ordena, a gritos y señas, que se pare en el estacionamiento de la otra tienda.

La charla se interrumpe porque llega un cliente, un “americano” a bordo de un Mercedes Benz de diez años atrás. El hombre baja la ventanilla e indica con los dedos que quiere tres trabajadores. Siete de ellos se abalanzan sobre el auto, pero el hombre rápidamente señala: “Tú, tú y tú”. Los contratados se suben muy ufanos y los demás se encogen de hombros. “Ni modo, él escogió”.

Dos horas después, el mismo carro los trae de vuelta. “Fueron treinta dólares por cambiar los muebles de un departamento a otro”, explica uno de los chambeadores.

“Los jornaleros son la parte más frágil de la migración”, dice Carlos García, dirigente del Movimiento Puente, quien pide no olvidar que aunque la juez federal congeló algunas de las partes más polémicas de la ley Arizona, ésta sí entró en vigor y algunas de sus disposiciones pegan directamente a quienes piden chamba en las calles.

García, una de los principales dirigentes de los migrantes de Arizona, que en los últimos meses han creado diez Comités de Defensa del Barrio, donde los vecinos se reúnen para aprender de la “acción directa” y de cómo “vigilar a la policía”, hasta para recibir clases de inglés.

El activista sostiene que al penalizar a quienes transporten u hospeden a indocumentados la ley afecta a miles de familias donde hay miembros con y sin papeles, además de organizaciones comunitarias e iglesias que les den albergue. “El sheriff Arpaio puede entrar ahí, aunque también hay que decir que la ley tiene muchas ‘zonas grises’. Al parecer la diseñaron así, lo más confusa que pudieron, para que sus amigos como Arpaio la interpreten como quieran”. 
 

“Tenga o no tenga dólares, yo me regreso” 

Reséndiz dejó a su familia en Tlaquiltenango, con el compromiso de regresar dentro de dos años y medio, cuando su hijo menor termine la universidad. Es de los pocos que no pretende, jura, quedarse en Estados Unidos, aunque vive con familiares sin intenciones de regresar. “Cuando se cumpla mi plazo, tenga o no tenga dólares, yo me regreso”.

Gracias a que comparte casa y gastos, Reséndiz puede enviar dólares pese a que, desde la firma de la ley por la gobernadora, ya sólo suele tener trabajo tres días a la semana. Eso sí, cuando agarra chamba se lleva 100 dólares por día. “En un trabajo fijo te pagan el mínimo, o apenas unos ocho la hora, en cambio aquí tienen que ser 12”.

Los Reséndiz esperaron, como otras familias en Phoenix, la decisión de la juez Susan Bolton antes de marcharse a California, donde ya estaban apalabrados con otros familiares.

“Sí, hay personas que decidieron irse”, reconoce Carlos García. “Pero también muchos que quieren luchar, porque saben que si se van a otros lados esas leyes los van a seguir”.

Algunos se van y otros no llegan. Desde que se convirtió en la  zona cero del debate migratorio, como dijeron en CNN, Arizona ha perdido unas 40 convenciones, canceladas por agrupaciones que no creen políticamente correcto gastar su dinero aquí. Según la asociación de hoteleros de la entidad, las pérdidas rebasan los 15 millones de dólares. En la zona fronteriza, a tres horas de distancia, también han bajado las visitas. Según la oficina de aduanas federal (CBP), gracias a la SB1070 dejaron de cruzar la frontera 12 mil 500 mexicanos por día. En los otros tres estados fronterizos, en contrapartida, el número de visitantes (o compradores) ha crecido seis por ciento.

“El primer mes después de la firma de la ley hubo más de cien mil cancelaciones en los hoteles”, dice García. “Incluso la alcaldía de Phoenix nos juntó, a personas que influimos en la comunidad, y nos pidió que paráramos porque era increíble el dinero que estaban perdiendo. Nuestra respuesta fue: pues paren la ley”.

-Pero el alcalde Phil Gordon (demócrata) se ha puesto contra la ley.

-El alcalde dice que está  de nuestro lado. Pero está hablando de los dos lados de su boca, porque sus oficiales son los que detienen a las personas y se las entregan al sheriff Joe Arpaio. La mayoría de las personas que luego son deportadas son detenidas por el departamento de policía de la ciudad de Phoenix. 

“Ella habla inglés” 

El morelense no se queja de su vida aquí, aunque hace mucho que no va a un restaurante. “Eso está prohibido, pero comemos bien. Con 120 dólares a la semana la hacemos para toda la familia”. Eso sí, hay cosas de la tierra que se extrañan. “Aquí te compras una pieza de fruta nomás para quitarte el antojo, porque es carísima”.

Estos jornaleros son también un muestrario de la composición migratoria de Arizona. La mayoría aquí son mexicanos, pero también hay guatemaltecos, salvadoreños, hondureños y hasta dos cubanos que pasaron por Florida, se arrepintieron de Nebraska y cayeron aquí por ignotas razones.

Uno de ellos es Héctor, uno de los afortunados que fue a la mudanza. Es

hondureño y tardó un mes en atravesar México. Lleva aquí apenas cuatro años, pero ya está casado con una acapulqueña. “A los dos meses de mi llegada nos juntamos”, presume. Le gusta su mujer, entre otras cosas, porque ya aprendió a cocinar baleadas, esa suerte de quesadillas hondureñas. Y porque le ayuda en el trance con herramientas de las que Héctor no dispone:

“Ella estudió aquí, habla inglés, y parte de su familia ya tiene papeles”.

La entrada en vigor de la ley SB1070, con todo y las partes congeladas por la juez federal, se ceba en los jornaleros, la parte más delgada del hilo de la migración. Una sección de la ley, que sí entró en vigencia, castiga a quienes levanten trabajadores en la vía pública o entorpezcan el tráfico para tal fin.

Pero aún así hay gente que los necesita y los contrata. Sólo hay que pensar cuánto le habría cobrado una compañía de mudanzas al hombre del Mercedes Benz. 

Los dientes de Arpaio son de Obama 

Algunos se incomodan por la fama del sheriff Joe Arpaio. Dicen, con razón, que hay autoridades en Estados Unidos mucho más poderosas que él cuando se trata del tema migratorio. Por ejemplo, el presidente Barack Obama, quien en su campaña prometió una reforma migratoria, que luego se le atoró en la crisis financiera, la reforma del sistema de salud, Irak, Afganistán. Hace mucho pasaron los primeros cien días que Obama se fijó como plazo. Millones de indocumentados siguen en el último lugar de las prioridades y los comicios de noviembre se acercan mientras el presidente Obama y su partido pierden aceleradamente el respaldo de la comunidad hispana.

¿Ganar el voto hispano vale perder el voto de los conservadores? Gracias a esa balanza, el gobierno federal estadunidense ha dejado a los Arpaio de todo el país los dientes necesarios para morder a los indocumentados. La ley 287g, por ejemplo, que “certifica” a los policías locales como agentes migratorios. Y las deportaciones que los expertos han llamado “silenciosas”, sin el ruido de los operativos de la era Bush, continúan viento en popa. 

Vivo “ahí con las ratas y los conejos” 

José Legaria, natural de Tlacotepec, Oaxaca, tiene la fortuna de tener documentos. Ha venido desde 1982 y “se arregló” en 1986, bajo la era de Reagan. ¿Fortuna? Pasa siete meses de cada año aquí, en Oceanside, muy cerca de San Diego. Esta temporada trabaja en un rancho donde cultiva flores. Y vive bajo un árbol. “Ahí con las ratas y los conejos”, dice.

No hay ninguna ley, y si la hay nadie la cumple, que obligue a los dueños de los ranchos, los patrones, a proveer vivienda a los jornaleros. Así que ellos se acomodan donde pueden.

A pesar de la dureza de su vida, Legaria recuerda con nostalgia los años de su llegada. “Ahora nos tratan como narcotraficantes, con ese muro que es como el de Berlín, vamos para atrás en vez de comprendernos como países vecinos”.

Ni la policía ni las buenas conciencias de la zona (una de las más conservadoras de California) ven las “viviendas”  mientras hay trabajo. De cuando en cuando realizan “limpieza” y destruyen sus improvisadas chozas.

Un grupo de “americanos” –como los jornaleros les llaman- llega todos los domingos a ofrecerles una cena tempranera. Pasta, ensalada, refrescos y coctel de frutas. Cada uno de los trabajadores se lleva, además, una bolsa con papel higiénico, jabón y otros artículos de limpieza.

El resto de la semana, las camionetas de los loncheros llegan hasta los ranchos a ofrecer alimentos.

Tras destapar el recipiente de la pasta que trajo, Laura Jones dice: “Yo los entiendo, porque mis abuelos fueron inmigrantes, llegaron de Irlanda en 1926”. “Fui maestra durante 35 años, trabajé con muchos inmigrantes y me di cuenta de son gente muy bonita, que aporta mucho a nuestro país”, completa Joan Horne. Ambas se conocen de una iglesia, pues son cuáqueras.

La traducción corre a cargo de José González, natural de la mixteca y coordinador estatal en California del Frente Indígenas de Organizaciones Binacionales (FIOB). González lleva 19 años “ya establecido” en Estados Unidos, trabaja como supervisor en una cadena de farmacias y rechaza ser “un organizador”. “Yo sólo soy un informador”, dice con modestia.

Los jornaleros de los árboles salen rara vez del perímetro de los ranchos donde trabajan. Todo les queda lejos. “Por eso no podemos decir que nos discriminan”, se ríe bajito Legaria, “como casi ni salimos”.

González agarra el hilo: “Cuando estás como ellos quieres llamar la atención lo menos posible. Así es aquí, donde parecen decirnos: ‘está bien que limpies, pero entra por la puerta de atrás’”.

Desde el lugar donde comen los jornaleros, junto a campos sembrados de rosas, se ve el freeway que lleva a México. Está lleno de letreros que informan de las empresas que han “adoptado” tramos de la carretera. La que se ve desde aquí fue adoptada por un grupo que se dedica a vigilar la frontera para reportar a la Patrulla Fronteriza a hombres como Legaria y sus compañeros. Así dice el letrero: este tramo es de los minuteman.


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