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¿Somos “migrantes”?

Última modificación 13/10/2008 18:22
por luisg

En un provocador texto escrito desde la Universidad Vanderbilt, Gregorio Hernández Zamora cuestiona el uso del término “migrante” para designar a los mexicanos que han abandonado su país en calidad de refugiados, perseguidos, víctimas de genocidio o de la violación de sus derechos humanos, incluido su derecho a alimentarse.

Por: Gregorio Hernández-Zamora*

¿Se puede hablar de "migración" en el caso de los mexicanos? Millones, nacidos en Estados Unidos, son vistos desde México como "mexico-americanos", mientras que en EU se les ve y trata como Mexicans. Muchos de ellos, se sienten y se dicen mexicanos, aunque hayan nacido en Texas, California, o cualquier otro punto del territorio estadounidense. Sus padres y abuelos son mexicanos. Hablan español. Sus rostros y cuerpos son mexicanos. Sus corazones son mexicanos… aunque también hablan inglés y son legalmente “americanos”. Como me dice Stella Flores, mexicana-tejana quien es profesora de Vanderbilt: “Muchos estudiantes piensan que todos los mexicanos somos migrantes ilegales que venimos de México; no saben que en EU hay millones de mexicanos que nacimos aquí… pero tampoco me gusta oír a los mexicanos de México hablando mal de EU, porque este es mi país, yo nací aquí”.

Otros, entre 10 y 20 millones (las cifras oficiales son variables e inciertas), nacidos en México, han pagado mucho dinero y arriesgado sus vidas para venir a EU. Desde lo superficial, sus razones son diversas: buscar el “sueño americano”, re-unir a sus familias, trabajar y enviar remesas a sus familias en México… pero otros, quizás la mayoría, claramente dicen “sólo quiero juntar un dinerito y regresar a México”.

Otros -cantidad igualmente incierta- son delincuentes que usan a EU como escondite, o como centro de operaciones. Los hay famosos y multimillonarios, pero la mayoría son delincuentes anónimos: homicidas, narcotraficantes, ladrones, defraudadores, etcétera. Los he visto en sus miradas hostiles o evasivas, en sus rostros arrogantes, en sus cadenas de oro.

Desde una mirada menos superficial, el significado de este desplazamiento masivo de gente es indisociable del discurso desde el que se le construye. Si llegan a EU desde de Cuba o desde el Kurdistán, no son “migrantes” sino asilados políticos que “huyen de la dictadura”. Si vienen de Haití, tampoco son “migrantes”, sino refugiados. En tiempos de la Unión Soviética y el bloque socialista de Europa del Este, quienes salían de ahí para ir a algún país de Occidente, tampoco eran “migrantes”, sino disidentes.

De igual forma, cuando miles de españoles y de latinoamericanos llegaron a México en el siglo 20, en tiempos de la guerra civil española o de las dictaduras militares de Chile, Argentina, Uruguay, etc., ni el gobierno ni la sociedad civil mexicanas les llamaban “migrantes”, sino exiliados, pues eran gente expulsada o perseguida por sus respectivas dictaduras.

En cambio, cuando millones de mexicanos huyen de la dictadura perfecta que representó el régimen del PRI, o del “gobierno del cambio” que ha seguido reprimiendo con saña la protesta social… no son ni disidentes, ni exiliados, ni refugiados, ni asilados, ni desplazados… sino “migrantes”. El término no es inocente, pues cae como anillo al dedo a los gobiernos de ambos países. Una cosa es atender el “tema de la migración”, y otra dar cobijo y reconocer los derechos humanos y civiles de los millones de afectados por la guerra económica, militar, o política organizada, financiada, promovida y ejecutada desde las oficinas de gobierno de ambos países.

Lo menos que se puede decir de los exiliados mexicanos en EU es que en los últimos 30 años, han padecido una política deliberada de destrucción económica. El Reporte Mundial del Desarrollo 2007, del Banco Mundial, indica que en México el 20% de las familias más ricas se lleva el 56.1% de la riqueza nacional, mientras que el 20% más pobre sobrevive apenas con el 4.1% de la riqueza; es decir, con migajas. Las historias de individuos de carne y hueso que he escuchado en ambos países son historias de gente que ha pasado sus vidas enteras en la marginación urbana o rural, y que han padecido los efectos de un colapso económico sostenido desde fines de los 70s: desempleo masivo, devaluación salarial, y desmantelamiento de las economías locales. Millones de globalizados no ven otras opciones que el desempleo, o la “microempresa” callejera o la servidumbre en transnacionales que hoy florecen en el páramo económico mexicano. Millones han perdido nada menos que sus medios materiales de sustentación, y sus historias de vida reflejan las fuerzas económicas que los han empujando fuera del sistema educativo: vidas dominadas por la inseguridad económica, estados permanentes de frustración, conflicto y temor. El resultado obvio de este proceso deliberado de destrucción económica ha sido un alarmante crecimiento en los índices de alcoholismo y drogadicción; violencia doméstica y callejera; la emergencia de una economía masivamente subterránea y en gran medida criminal; el estallido de una guerra entre bandas de narcos que tan sólo en el 2008 ha dejado más muertos que los atentados del 11 de septiembre; y el colapso del sistema educativo como vía para el progreso y la movilidad social. México es hoy día uno de los países con los más bajos niveles de escolaridad del planeta, pese a ser una “economía emergente”: más del 50% de los mayores de 15 años carece de escolaridad básica, y menos del 20% de los jóvenes tienen acceso a la educación superior.

Por otro lado, a 40 años de la masacre del 2 de Octubre en Tlatelolco, tenemos evidencia suficiente del brutal atropello a los derechos humanos perpetrado por los aparatos represivos del estado Mexicano en tiempos de la “guerra fría”. Con todo y sus insuficiencias, el informe de la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado, publicado por el National Security Archive (http://www.gwu.edu/~nsarchiv/NSAEBB/NSAEBB180/index.htm) de la Universidad George Washington, detalla las causas socioeconómicas y políticas de la protesta pacífica y armada en México, y las operaciones criminales organizadas por el estado mexicano para acallar a los millones de disidentes mexicanos que se atrevieron a alzar la voz o el puño. Miles fueron desaparecidos, torturados, o asesinados, en genocidios como el de Tlatelolco, o en operativos individualizados. No sabemos cuántos “migrantes” mexicanos en EU salieron también huyendo de este terrorismo de Estado. Pero, como no son exiliados, ni refugiados, ni perseguidos, ni víctimas de genocidio, ni nada por el estilo, sino “migrantes mexicanos”, tampoco tienen derecho al cobijo del país “anfitrión”.

Necesitamos revisar los términos que usamos para referirnos a los millones de mexicanos que han huido de México en las últimas décadas. Etiquetados como “migrantes”, su situación no es urgente y se puede esperar a que el “tema de la migración” se toque en alguna reunión bilateral. Pero hoy día, al menos 10 millones de ellos, según cifras oficiales en EU, son illegal aliens, es decir, gente en el limbo, acorralada y atrapada, sin un lugar para dónde hacerse. Desempleados, marginados, despojados y despreciados en México (despojados, incluso, del derecho a hacer valer su voto en elecciones que a la fecha son fraudulentas, como la del 2006). “Ilegales”, simple y llanamente criminales, en EU. Sujetos de vigilancia y escrutinio, persecución, prisión, y deportación, que viven acosados por su propio miedo (de salir a la calle, de que en sus trabajos les vaya a caer la migra, o de que por algún incidente de tránsito los paren y les pidan sus “documentos”). No sólo desprotegidos, sino acosados y bajo ataque económico, jurídico, político y policiaco de ambos gobiernos. Individuos y familias cuyos enemigos son nada menos que el estado más poderoso del planeta (EU) y uno de los regímenes políticos más corruptos y cínicos del mundo (la “democracia” mexicana).

No es de extrañar que miles de mexicanos estén arrojándose en los brazos de sectas fundamentalistas que al menos ofrecen “el reino del Señor”.

El diccionario de la Real Academia Española define migración o emigración como “Acción y efecto de pasar de un país a otro para establecerse en él.  Se usa hablando de las migraciones históricas que hicieron las razas o los pueblos enteros.” Cabría hablar entonces de la emigración de los mexicas, como pueblo entero,  desde el  mítico Aztlán hacia el islote del lago de Texcoco donde fundaron Tenochtitlán. Pero la “migración” del 30 por ciento de los mexicanos hacia EU en busca de empleo o refugio político, económico, o hasta emocional, no es ese tipo de “migración”. No es el cuerpo entero el que se va, sino algunos pedazos de brazos, piernas, cerebro, y tajadas enteras de corazón. No es una migración sino un desgarramiento. “Si tan sólo pudiéramos regresar a México”, he escuchado entre las familias mexicanas de Tennessee y Carolina del Norte. “¿A poco creen que venimos por gusto? – me dice una “migrante” de Michoacán– la mamá de una amiga mía murió el año pasado y ella ni siquiera pudo ir a verla, porque cada vez es más difícil, caro y peligros cruzar la frontera de regreso; ¿hay algo más valioso que estar con tú mamá en su lecho de muerte? ¿Qué sueldo, qué dinero, qué gobierno, le va a pagar a mi amiga el dolor de no estar con su mamá?”.

Otra acepción del término, según el diccionario de la RAE es “Viaje periódico de las aves, peces u otros animales migratorios.” Tal vez esta es la acepción que tienen en mente los políticos cuando esperan tratar “el tema migratorio” en la próxima reunión bilateral. El tema de los animales migratorios. Pero claro, el tema tiene que esperar, en tanto se elige nuevo presidente de EU, se define su gabinete, se acomodan en sus puestos, sacan sus agendas y comienzan a anotar los “temas” que tratarán en los próximos años. Visto así, el “tema de la migración” se vuelve un tema escolar, que los alumnos tratarán o “verán” en la materia correspondiente, en el año respectivo, y no antes, ni después. Mientras tanto, los “animales migratorios” pueden esperar, mirando a sus hijos ser rechazados el sistema educativo de EU, rogando a Dios no enfermarse pues en tanto illegal aliens no tienen derecho a seguro ni atención médica, mirando a sus parientes de México morir de hambre o de viejos o de tristeza porque en realidad no tienen libertad de ir y venir entre ambos países –libertad que sí tienen las mariposas monarca que migran de Norteamérica hacia México en invierno, y regresan a sus bosques de Canadá en primavera. Pero las redadas y deportaciones masivas están desplazando ahora a muchos mexicanos hacia México. ¿Llamaremos “migrantes” a los deportados? Si deportáramos a EU y Canadá a las mariposas monarca que vienen a México a en busca de calor y alimento ¿las llamaríamos “mariposas migrantes”?

Cierro este inicio de exploración del concepto de “migración” y “migrantes” con dos notas. Desde hace décadas el término immigrants (inmigrantes) ha sido cuestionado y contestado por las comunidad chicana y latina en EU. Desde el irrefutable argumento de “nosotros no cruzamos la frontera; la frontera nos cruzó a nosotros” (la frontera México-EU se movió cientos de kilómetros al sur en el siglo 19), hasta la participación de diversos grupos de mexicanos y mexico-americanos en encuentros continentales que reivindican una sensibilidad fundamentalmente Amerindia o Americana que une e identifica a los pueblos originarios del continente, por encima de las divisiones nacionales post-coloniales.

El segundo frente de cuestionamiento, estrechamente ligado al anterior, es que la idea de migrante se opone a la de nativo. Migrantes o inmigrantes son los no-nativos, los que no son originalmente de ahí, los llegados de fuera. La gran pregunta que surge, y que se plantea cada vez con mayor fuerza incluso entre muchos trabajadores “migrantes” mexicanos, es: ¿quiénes son los nativos americanos? ¿Los pueblos nativos de América o los migrantes que vinieron de Europa? ¿Quiénes son los verdaderos “migrantes”?

 

*Investigador de postdoctorado en el Centro para las Américas, Vanderbilt University, EU. g.hernandez@vanderbilt.edu  grehz@yahoo.com


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