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Las migraciones internacionales en un mundo globalizado

Última modificación 12/01/2009 13:31
por luisg

“La actitud hacia la migración ha cambiado significativamente. Si bien nunca le han faltado enemigos, en el pasado tendía a prevalecer una valoración positiva de la misma. Para confirmarlo basta examinar la mitología dominante en el imaginario colectivo de las clásicas sociedades de migrantes. Por el contrario, hoy en día la migración es vista ante todo como un problema que hay que mitigar o contener, cuando no combatir; como un problema y como un motivo de preocupación”. Esto afirman, en un extenso informe presentado en la reunión de la Internacional Socialista (IS), la gobernadora del estado mexicano de Zacatecas, Amalia García Medina, y la secretaría de Migración de Marruecos, Nouzha Chekrouni.

Por: Amalia García Medina

Las migraciones humanas son muy antiguas, y tenerlo presente, es sin duda saludable. Pero en cada época de la historia han sido diferentes: en las causas que las motivan, en las principales modalidades que revisten, en las consecuencias que entrañan, en el significado que se les atribuye, en las emociones que provocan y en las narraciones colectivas a que dan lugar.

Las migraciones que trascienden fronteras, nunca se han situado en lugar tan destacado de la atención pública como a finales del siglo XX y comienzos del siglo XXI, y nunca han sido objeto de tan alta prioridad como la que recibe en las agendas de gobiernos y partidos políticos, así organismos internacionales, organizaciones de la sociedad civil y medios de comunicación. En muchos países, el tema migratorio se ha politizado fuertemente, y se ha convertido en un factor de confrontación partidaria y electoral.

La extraordinaria relevancia y las profundas implicaciones que se atribuyen en nuestros días a las migraciones internacionales derivan de las características que presentan y del contexto histórico en el que se producen, al grado tal que nos permiten afirmar que existe una nueva era en la historia de las migraciones internacionales. El actual orden migratorio internacional da lugar a importantes desequilibrios y conflictos: entre el volumen de migración que necesitarían los países menos desarrollados y el que están dispuestos a admitir los más desarrollados; entre el número de migrantes que éstos últimos necesitan y el que efectivamente admiten; entre la migración que los países receptores desearían recibir y la que de hecho reciben.

 

La migración aumenta, pero restringida

La extraordinaria importancia que se atribuye a las migraciones internacionales en nuestros días no debe buscarse solamente en la magnitud de los flujos. Cuantificar las migraciones es muy difícil, tanto por las limitaciones estadísticas como por la complejidad conceptual del fenómeno y lo borroso de sus entornos. La oficina de Población de las Naciones Unidas se ha atrevido a calcular el número de los migrantes internacionales para el conjunto del planeta, entendiendo por tales las personas que viven en un país diferente del suyo, para el año 2008 a casi 200 millones de personas.

Tal cifra resultaría pequeña, para un mundo poblado por cerca de 6 500 millones de personas y caracterizado tanto por crecientes, desigualdades sociales y económicas, como por la proliferación de ominosas situaciones de opresión y grave inseguridad. De aproximarse a la realidad, esa estimación implicaría que sólo uno de cada cuarenta habitantes del mundo menos desarrollado vive en un país diferente del suyo y tiene la condición de migrante internacional.

Este dato contradice a la principal teoría explicativa de las migraciones, la económica emanada del paradigma neoclásico. Para que se produzcan migraciones internacionales no basta con que existan profundas desigualdades entre países. Para migrar a otro país no basta con tener motivos o con querer hacerlo: hace falta también poder hacerlo. La primera explicación de la limitada movilidad actual, reside en la infinidad de barreras erigidas por las políticas migratorias de los países receptores, que restringen el acceso de migrantes y reducen la libre circulación de personas.

Es cierto, que el volumen de los flujos migratorios internacionales se ha incrementado en los últimos decenios, pero también transcurre en forma mucho más limitada de lo que se piensa. La cifra de 200 millones de migrantes internacionales, duplica con creces a los 82 millones para 1970. Sin embargo, esa diferencia tiene que ver por el aumento del número de países surgidos en el mismo lapso de tiempo.

Por poner un solo ejemplo, la desintegración de la Unión Soviética ha contribuido poderosamente a ese aumento, por el simple hecho de convertir a millones de ciudadanos que no se han movido de sus hogares en migrantes internacionales, dado que el criterio utilizado es el de vivir en un país distinto del propio. En todo caso, ese incremento ha sido muy inferior al crecimiento experimentado por la población mundial en el mismo período, por lo que en términos relativos la magnitud de los flujos ha tendido más a disminuirse que a aumentar.

Visto en una perspectiva histórica, el volumen de los flujos migratorios internacionales a comienzos del siglo XXI es claramente inferior, al que existía, hace un siglo. El principal país receptor, Estados Unidos, recibió en el año 1907 la impresionante cifra de un millón 700 mil nuevos inmigrantes, una cifra nunca superada en la actualidad. Ahora, con una población cinco veces mayor que entonces, es raro el año en el que supera el millón de nuevos migrantes. Por otra parte, el número de países receptores es hoy mucho mayor que entonces, pero ninguno muestra la capacidad de acogida que caracterizaba en el pasado a la Argentina, Brasil, Canadá o Australia, o a otros de menor tamaño

 

Hacia un nuevo mapa migratorio internacional

La movilidad internacional de personas tiende a aumentar en los últimos decenios, aunque sea en términos absolutos y no relativos. Es posible afirmar que las migraciones internacionales se han mundializado. Ello se manifiesta en el elevado y creciente número de países implicados en las migraciones internacionales y en la multiplicación de rutas migratorias.

Hace cien años, el grueso de los migrantes internacionales, nueve de cada diez, arribaban a cinco grandes países: Estados Unidos, Argentina, Brasil, Canadá y Australia. Ahora, habría que sumar los recibidos por más de cuarenta países. Ello significa que la nómina de países receptores de migrantes se ha multiplicado.

La mayor parte de ellos se agrupan en cuatro grandes ejes migratorios internacionales – América del Norte, Europa occidental, la región del Golfo Pérsico y la cuenca del Asia-Pacífico. Hay que añadir algunos países que no forman parte de estos ejes migratorios internacionales, como Israel, Libia, Costa Rica o Sudáfrica, con todos los problemas que recientemente hemos conocido.

Las principales fuentes de la migración internacional ya no están en Europa, sino en Asia, América Latina y África. Hace un siglo, nueve de cada diez migrantes internacionales eran europeos. En nuestros días, el número de países que nutren sistemática y significativamente los flujos migratorios internacionales supera el centenar. A los más antiguos se suman nuevos, como Ucrania, Bolivia o Nepal.

Algunos grandes países de origen, como China, India o Vietnam, muestran una decidida tendencia a aumentar su participación. En otros, desde Argentina y la República Dominicana a Malasia y Tailandia, pasando por Marruecos, Turquía y varios de Europa Central, se intensifica la doble condición de inmigrantes y emigrantes.

México, y muchos otros más, son receptores, expulsores y países de tránsito, una triple categoría en fuerte expansión que es en sí misma reflejo de los obstáculos que se oponen a la libre circulación. El incremento de países, de origen, destino y tránsito, al mapa mundial de las migraciones internacionales se completa con una fuerte tendencia a la diversificación de rutas y conexiones origen-destino.

Si el mapa migratorio en el pasado, podía fácilmente dibujarse con unas pocas flechas gruesas que partían del Viejo Continente hacia el Nuevo Mundo, el actual, aparece cruzado por infinidad de líneas más delgadas que conectan con cualquier punto del globo. Algunas de estas conexiones origen-destino hubieran resultado enteramente impensables hace poco tiempo.

 

La mundialización de las migraciones

Los cambios en el mapamundi de las migraciones ha supuesto la mundialización de las mismas. Y ningún otro cambio ha sido tan influyente como éste en la configuración de un nuevo orden migratorio internacional en el curso de las últimas décadas. Las migraciones internacionales se han mundializado, en un doble sentido, ya que la mayoría de los países del planeta participan en ellas y de que las gentes van de una parte a otra.

A diferencia del pasado, el vigente es un sistema global y multipolar. De hecho, el rasgo más destacado de las migraciones internacionales en nuestros días es su carácter mundial, y de él derivan múltiples implicaciones.

Partimos de la tesis, de que la globalización no se ha concretado en la esfera de la libertad de circulación de las personas. Algunas de sus principales modalidades están severamente restringidas, en especial las migraciones laborales y las que conducen al establecimiento indefinido, precisamente las que eran preeminentes en el período anterior. En nuestros días, la libertad de circulación es la excepción. La regulación y la restricción de la libertad de tránsito es la norma. La supresión de barreras y la liberalización de flujos que son consustanciales a la globalización no se han extendido a las migraciones internacionales.

Se trata de una globalización erizada de fronteras y de barreras, una mundialización que se ha producido a pesar de éstas y no gracias a su eliminación. Si el orden migratorio anterior, el que tuvo como principal manifestación a las grandes migraciones transoceánicas, se desenvolvió en gran medida en un contexto de libre circulación, el actual transcurre en un mecanismo maniatado por la restricción y el control.

Esta mundialización migratoria tiene que ver con otras facetas de la globalización, en especial la de los transportes, que ha disminuido la distancia y el tiempo, y la de las comunicaciones y la información, que han creado algo parecido a una perspectiva mundial que hace posible que cualquier país pueda constituir destino potencial para los migrantes y que éstos tiendan a moverse, con éxito variable, por el mundo entero.

 

Más oferta que demanda

La primera implicación de la globalización migratoria es la aparición de un gran desequilibrio entre oferta y demanda de migrantes, por decirlo en términos económicos. En el pasado, la capacidad de acogida de los países receptores era capaz de absorber a todos los que lo intentaban, aunque pasaran penalidades, a los migrantes no les faltaba lugar a dónde ir. Muchos de ellos, de hecho, fueron reclutados.

Ahora los candidatos a migrantes, efectivos o potenciales, superan con mucho el número que los receptores están dispuestos a admitir. Ese número se ha multiplicado, tanto por el aumento del número de países de origen como por el fenomenal crecimiento demográfico que ha tenido lugar en el último medio siglo en Asia, África y América Latina. Tomando prestado un término popularizado hace cincuenta años por el Premio Nóbel de Economía Arthur Lewis, podemos decir que la oferta de trabajo foráneo ha devenido ilimitada.

En el otro lado de la ecuación, la demanda de migrantes ha dejado de ser ilimitada, como prácticamente lo fue durante la era de las grandes migraciones transoceánicas. No cabe duda de que todas las economías desarrolladas o de alto nivel de renta demandan trabajadores migrantes, de iure o de facto. Pero la demanda de migrantes, entendida como lo que los economistas denominan demanda solvente - en este caso el número de migrantes que los países receptores están dispuestos a aceptar -, se ha reducido drásticamente en el conjunto de los países receptores.

En parte ello ha resultado de la disminución relativa de la demanda de trabajo en general, tanto por procesos de mecanización e intensificación del capital y la tecnología como por una nueva división internacional del trabajo que ha relegado las operaciones más intensivas en trabajo a países con niveles salariales más bajos.

Sin duda hay demanda de trabajo de los migrantes, pero en general se sitúa en sectores donde la tasa de beneficio depende de bajos salarios, como ejemplifican diversos tipos de servicios y actividades agrícolas. Y por ello es limitada en volumen.

En algunos países receptores, particularmente los del Golfo Pérsico y algunos asiáticos, la demanda sigue siendo intensa, pero su magnitud no altera el desequilibrio a escala mundial. Si en el pasado era ilimitada la demanda, ahora lo es la oferta.

La disminución también resulta de las fuertes y crecientes reservas que muchas sociedades receptoras muestran hacia el aumento del volumen de la población migrante en su seno. No pocos países receptores se muestran reticentes a admitir a los trabajadores foráneos que necesitan, por el temor a que menoscaben la homogeneidad cultural, o bien se les liga a la violencia ciudadana.

En tiempos no lejanos, en la literatura especializada se acuñó la expresión wanted but not welcome, queridos pero no bienvenidos, para definir los sentimientos de algunas sociedades receptoras hacia los migrantes. Hoy cabría sustituir el primero de los adjetivos, wanted, por needed: requeridos pero no bienvenidos.

La variable de la etnicidad

No resulta aventurado atribuir una parte importante de esas reticencias a otra de las grandes implicaciones de la globalización migratoria: la heterogeneidad que caracteriza la composición de los flujos migratorios y su impacto sobre la etnicidad de las sociedades receptoras.

Hay que tener en cuenta que casi seis de cada diez migrantes internacionales residen en países calificados como de alto nivel de renta. Por supuesto, esa proporción, muy variable entre unos y otros países, se eleva considerablemente si a los migrantes que tienen la condición de extranjeros se añaden los que han adquirido la nacionalidad del país receptor y sus descendientes directos.

La mundialización de los flujos, con la consiguiente diversificación de orígenes, entraña una creciente heterogeneidad étnica en las sociedades receptoras. Ello está conduciendo, en un corto espacio de tiempo, a su conversión en sociedades multilingües, multiculturales y pluriétnicas, una transformación histórica de profundidad sin precedentes y vastas implicaciones.

El paisaje social de Londres, París, Ámsterdam o Berlín, y no digamos el de New York, Sydney o Toronto, es radicalmente diferente del que existía tan sólo hace cincuenta años. Cuatro de cada diez residentes en Toronto ha nacido en países distintos de Canadá; y esta proporción sube a tres de cada cuatro si a ellos se añaden los nacidos en Canadá de un progenitor venido de fuera.

En la misma vertiente, en una de las últimas campañas electorales británica, (mucho antes de la derrota del laborismo en mayo de 2008), el entonces ministro Robin Cook se vanagloriaba de que en Londres, cuando las familias se reúnen en torno a la cena, se hablan más de trescientos idiomas.

De Estados Unidos se ha podido decir que, por primera vez en la historia, un país tiene una población compuesta por todas las razas del mundo, todas las religiones y todas las lenguas. Trágico reflejo de ello, es el hecho de que en los atentados del 11 de Septiembre, en el World Trade Center perdieran la vida ciudadanos de 78 países. Algo parecido ocurrió, guardadas las proporciones, en los sangrientos atentados contra los trenes de la estación Atocha en Madrid, el 11 de marzo de 2004.

El malestar de la multiculturalidad

En todos los países, con transformaciones culturales profundas, se vive con sentimientos encontrados. Muchos ciudadanos ven excesiva la proporción de migrantes, y expresan temores hacia la pérdida de cohesión social, cuando no abierto rechazo a la sociedad multicultural. Incluso en las tradicionales sociedades receptoras de migrantes de Norteamérica o Australia y Asia, quizás con la excepción de Canadá, en los últimos años pueden estar cambiando significativamente, como nunca lo hicieron antes, las actitudes populares tradicionalmente comprensivas hacia los migrantes.

En el caso de Estados Unidos, el país migrante por antonomasia, cada vez se manifiestan más temores a la supuesta inintegrabilidad de los nuevos inmigrantes, se oyen voces que lamentan la pérdida de calidad de la migración, y florecen movimientos “nativistas” y propuestas de “English only”, intentando encontrar en una lengua única -que nunca ha tenido carácter oficial-, el elemento de cohesión social que conjure los temores a una diversidad supuestamente inmanejable.

Aún así, las reservas hacia la migración son menores en los viejos países receptores de Norteamérica o Australia y Asia, seguramente porque la llevan en los genes. Por el contrario, la conversión en sociedades multiculturales se está revelando mucho más difícil en sociedades que reúnen la doble condición de países de migraciones recientes y naciones viejas, formadas hace siglos.

Ello es en primer lugar cierto en Europa, donde un largo pasado migratorio y una tradición de concepciones exclusivistas de la nacionalidad han dejado poderosos sustratos culturales que generan recelos hacia la plena incorporación de los migrantes a la sociedad. El temor a la pérdida de homogeneidad o cohesión social y a la pérdida de la identidad nacional se ha instalado en amplios segmentos de la sociedad europea, y dado voz a partidos que hacen del rechazo a la migración su principal bandera. Otros países, como Japón, se muestran aún más celosos de la preservación de su homogeneidad y recelosos de la diversidad étnica.

En síntesis, puede afirmarse que la actitud hacia la migración ha cambiado significativamente. Si bien nunca le han faltado enemigos, en el pasado tendía a prevalecer una valoración positiva de la misma. Para confirmarlo basta examinar la mitología dominante en el imaginario colectivo de las clásicas sociedades de migrantes. Por el contrario, hoy en día la migración es vista ante todo como un problema que hay que mitigar o contener, cuando no combatir; como un problema y como un motivo de preocupación.

En algunos países los migrantes se desean en cierto volumen, pero como necesidad temporal y localizada, no para su asentamiento indefinido. Si a los extendidos recelos hacia la incorporación de importantes volúmenes de población foránea se une a la antes aludida desproporción cuantitativa, que por sí misma haría imposible admitir a todos los candidatos, no será difícil comprender la proliferación contemporánea de políticas restrictivas de la admisión de migrantes y de control de flujos.

Diferentes motivaciones, diferentes políticas

Prácticamente todos los países controlan y restringen los flujos migratorios, pero lo hacen en forma distinta. La gran variedad de regímenes migratorios existentes en el mundo desafía la capacidad de síntesis, sin embargo, pueden distinguirse tres grandes tipos.

El primer tipo de régimen migratorio es el practicado por los tradicionales países de migración de ultra mar, reducidos en nuestros días a Estados Unidos, Canadá, Australia y Nueva Zelanda. Se caracterizan por admitir regularmente y por plazo indefinido a números significativos de migrantes, aceptando la perspectiva de su plena incorporación a la sociedad y animando su naturalización. Son los únicos vestigios del modelo clásico migratorio.

La relativa apertura de la admisión legal, la intentan compatibilizar con grados considerables, de dureza en las políticas de control, como lo constata el muro que se construye en la frontera México-Estados Unidos y algunas campañas disuasorias de la migración indocumentada, llevadas a cabo por el gobierno australiano en países vecinos que utilizan imponentes figuras de la fauna de ese país como los cocodrilos y las serpientes y arañas venenosas.

El segundo tipo es el de países democráticos que muestran fuertes reticencias hacia la admisión de migrantes, pero reconocen derechos y obligaciones a ciudadanos de otros países. La mayor parte de los países europeos podrían ser englobados en este régimen, pero en él se puede incluir también a Japón.

Las políticas de admisión se caracterizan ante todo por severas restricciones, que rayan en algunos casos en la prohibición de entrada con propósitos laborales. En Europa es una orientación heredera del modelo conocido como “inmigración cero” adoptado tras la primera crisis del petróleo, a mediados de los años 70. Esta restricción contribuye a que los flujos dominantes sean los constituidos por familiares y de demandantes de asilo, que las sociedades democráticas no pueden impedir, junto con los indocumentados que no consiguen evitar su entrada.

En la mayoría de los países europeos predominan los dos primeros; en otros, principalmente en el sur de Europa, los segundos. En algunos la demanda de asilo se ha erigido en la preocupación preeminente, hasta el punto de haber dado lugar a lo que se conoce como la crisis europea del asilo.

En los últimos años, a partir de la década de los 90, se observa una creciente preocupación por la satisfacción de necesidades laborales que no cubre la fuerza de trabajo nativa. En algunos países, como el Reino Unido e Irlanda, más pragmáticos que la mayoría de los continentales, y con mercados de trabajo más flexibles, ha dado lugar a la ampliación de la lista de ocupaciones para las que se admiten trabajadores foráneos.

Es importante destacar, que éstos dos países fueran casi los únicos –junto con Suecia en grado menor— que no impusieron en 2004 una moratoria a la entrada en vigor de la libre circulación de trabajadores tras la ampliación de la Unión Europea a 25 miembros.

Otros países, como Alemania, han actualizado esquemas de migración temporal de corta duración. Y en varios, como es el destacado caso de Holanda y Dinamarca, se asiste a un endurecimiento del clima político hacia la inmigración, llegando hasta la adopción de políticas que abiertamente pretenden desanimarla.

El tercer tipo de régimen migratorio, es el que prevalece en los países productores de petróleo del Golfo Pérsico y en otros países asiáticos. Se caracteriza por la política de admitir sólo a trabajadores temporales, una modalidad conocida como “contract labor” que recuerda al modelo “guest worker” practicado en Europa occidental en el tercer cuarto del siglo XX.

Pero, a diferencia de lo que ocurrió en Europa, donde una gran parte de los temporales se convirtieron en permanentes, los regímenes autocráticos existentes en los países del Golfo, permiten asegurar – en una medida considerable, aunque no completa - la rotación de los trabajadores foráneos, lo que hace imposible casi cualquier posibilidad de integración.

Los únicos derechos que se reconocen a los migrantes son los muy escasos estipulados en el contrato, y, desde luego, no incluyen la naturalización, el asilo o la reunificación familiar. Se trata de un modelo que lleva la concepción utilitarista y mercantilista de la migración a sus últimas consecuencias.

En apretada síntesis, cabría decir que el primero de los tres tipos de régimen migratorio descritos acepta todos los tipos de migración; el segundo restringe fuertemente la migración laboral, aceptando algunos derechos, como el de votar; el tercer tipo sólo acepta la migración temporal de trabajadores, sin ningún derecho.

Cara y cruz de las políticas restrictivas

No cabe duda de que las restricciones a la libre movilidad no son nuevas. Pero en nuestros días se han generalizado y endurecido, hasta el punto de no quedar ningún país receptor que no trate de controlar y limitar la admisión de migrantes. A ello ha contribuido decisivamente la transformación de países receptores, ahora con fuertes reticencias a la admisión de nuevos migrantes y a su plena y permanente incorporación a la sociedad y a la nación. Es el caso de la mayor parte de los europeos, de los asiáticos y de los agrupados en el Consejo de Cooperación del Golfo Pérsico.

La eficacia de las políticas de control de flujos es por lo general limitada, y muy diversa según los países. A pesar de que su eficacia sea sólo relativa, no cabe duda de que la generalización de las políticas restrictivas reduce considerablemente la movilidad internacional de las personas, tanto para frustrar numerosos intentos así como, para ejercer un poderoso efecto disuasorio sobre infinidad de candidatos potenciales a la migración.

No obstante, todas las fronteras son porosas, en mayor o menor medida. El grado depende de un cierto número de variables, que varían de país a país. Entre ellas destacan en primer lugar las condicionantes geográficas, que determinan que el control sea más fácil en Canadá que en Estados Unidos, o en Irlanda que en Italia.

Pero también cuentan temas como la extensión de la economía sumergida y del empleo informal. Aunque siempre en estos temas, la generalización es difícil, se puede concluir que las políticas de control funcionan bien allí donde menos dificultades encuentran y mal donde se enfrentan a mayores dificultades.

En todo caso, en ningún lugar son plenamente eficaces. Si su objetivo y razón de ser es evitar la migración indocumentada, no cabe duda de que ningún país lo consigue. En todos existe algún número de migrantes indocumentados, aunque la proporción que supongan del total sea muy variable de país a país. Es especialmente elevada en Estados Unidos y el sur de Europa, y reducida en Canadá y los países nórdicos. Pero en todos los países, los migrantes indocumentados se cuentan por decenas de miles, si no por centenares de miles o millones.

Además, las políticas de control generan considerables y crecientes costos, tanto logísticos como de personal. Y, sobre todo, producen importantes consecuencias no deseadas. En primer lugar, los intentos de esquivar las barreras dan lugar a innumerables tragedias humanas. Una segunda consecuencia no querida ha sido el desarrollo de una poderosa industria de la migración clandestina de personas, -de coyotes en el lenguaje mexicano-, generadora de beneficios astronómicos, sólo inferiores a los que depara el narcotráfico o el tráfico de armas.

Una tercera es la saturación de solicitudes para la demanda de asilo. Otra más, de naturaleza perversa, es su contribución a la fijación de los migrantes en el territorio donde residen, reduciendo la circularidad de la gente: cuanto más grande sea la dificultad para migrar, mayor será la posibilidad de que el migrante indocumentado que ha logrado entrar, tienda a quedarse y no arriesgarse a salir y no poder regresar.

Finalmente, la elevada prioridad otorgada por los gobiernos a las políticas restrictivas, ha incrementado considerablemente la significación de la migración indocumentada, que en el pasado era tratada con indiferencia. Para los estados democráticos, la migración indocumentada entraña fuertes dilemas y contradicciones.

Una de ellas, seguramente la principal, para el Estado de Derecho es el conflicto que enfrenta al imperio de la ley la inevitable permisividad que los poderes del mismo Estado tienen que mostrar respecto de una realidad, ante la cual, la aplicación de la ley de manera rigurosa es limitada.

Nuevos tipos de flujos migratorios.

Hemos intentado dar un testimonio de la creciente complejidad y diversidad en la movilidad humana. Esa creciente diversidad se extiende a los tipos de migración dominantes, o a su conceptualización. En la era de la libre circulación ampliamente entendida, en que la inmensa mayoría de los migrantes eran admitidos sin necesidad de pasaportes y visados, no se precisaba aducir una razón para migrar. Por ello, todos podían ser vistos como trabajadores y frecuentemente como pobladores.

En el pasado, aunque muchos migrantes retornaban a sus países, las migraciones eran generalmente de larga duración o permanentes, y daban lugar a la plena incorporación al país receptor, e incluso se podían convertir en ciudadanos. En todo caso, los países receptores aceptaban que los inmigrantes llegaban para quedarse.

Ahora con la vigencia de políticas restrictivas, se ha dado paso a una amplia tipología de migrantes, ya que para poder entrar legalmente al país de destino es necesario estar comprendido en alguna de las políticas de admisión. Las principales suelen agruparse en tres grandes categorías – económica, familiar y humanitaria –, a las que hay que añadir una cuarta de hecho, la indocumentada.

La primera, conocida como también como laboral, sigue siendo muy importante. Pero, a excepción de lo que ocurre en los países con regímenes políticos autocráticos, que no reconocen derechos, las migraciones laborales y las migraciones permanentes han perdido la indiscutible preeminencia que tenían en el pasado, ya que casi todos los países manifiestan una clara preferencia, más o menos reconocida, por mecanismos de migración temporal.

En los países democráticos, las migraciones laborales comparten esa preeminencia con las que derivan de la posesión de derechos, principalmente la reagrupación familiar y el asilo. Ello es particularmente cierto en países como Canadá, Australia, y más recientemente el Reino Unido e Irlanda. En Estados Unidos tienden a aumentar las visas para la migración económica, aunque la vía más importante es la familiar.

Algunos países del sur de Europa, principalmente Italia y España, mantienen cupos anuales para la admisión de trabajadores, aunque por esta vía sólo ingresa una parte reducida del número de los que efectivamente lo hacen cada año.

Numerosos países europeos restringen fuertemente la migración económica, por lo que la mayoría de los migrantes que consiguen entrar lo hacen en virtud de los títulos habilitantes que se derivan del derecho a vivir en familia o al derecho de asilo. Esto contribuye a que la migración que reciben, sea percibida por amplios sectores de la sociedad como no deseada.

Hay otros tipos de flujos. Entre ellos se encuentran los jubilados (más de un millón de estadounidenses en México) y los estudiantes. Por otra parte, los cambios en la estructura económica de los países desarrollados, determinan una estructura dual de la demanda de trabajo foránea: se dirige por un lado a niveles de calificación elevados, desde técnicos e ingenieros en informática y de las industrias de la comunicación, a médicos y enfermeras; y por otro lado, a segmentos de baja calificación, para desarrollar empleos que desdeñan los nativos. Muchos de estos puestos son desempeñados por mujeres, lo que contribuye a la feminización de la migración, junto a cambios culturales por el lado de la oferta.

Crecientes dificultades para la integración

El hecho de que la mayoría de los países receptores de migración muestren fuertes reticencias hacia la migración – reticencias que pueden sintetizarse en la mencionada expresión wanted but not welcome, deseados pero no bienvenidos – pavimenta decididamente en contra de la integración o plena incorporación de los migrantes en las sociedades receptoras. Algunos países hacen todo lo posible, generalmente con éxito, para impedirlo; otras, de naturaleza democrática y por ello reconocedoras de obligaciones morales y políticas, parecen inclinadas a restringir el número de admitidos susceptibles de alcanzar la ciudadanía

Otra característica, de la nueva era de las migraciones internacionales y el contexto histórico en el que se producen, es la creciente dificultad para la plena incorporación de los migrantes y las minorías étnicas a las sociedades receptoras. A riesgo de incurrir en generalización, puede afirmarse que en el pasado, la integración aparecía como el resultado natural de la migración, que ello se aceptaba por la sociedad receptora y terminaba produciéndose, en moldes asimilacionistas que nadie discutía.

Los migrantes se americanizaban o argentinizaban en un par de generaciones, y, de ese modo, la etnicidad quedaba restringida a fenómenos ligados al folklore, en una suerte de “crepúsculo de la etnicidad”. Este fenómeno se producía espontáneamente, por la acción ordinaria de la sociedad civil y del mercado de trabajo, sin intervención de los poderes públicos.

Hoy asistimos a una crisis de la integración. En nuestros días, la integración no es el producto, esperado y visto como normal, de la migración.

En la mayoría de los países la ecuación migración-integración se ha roto. No es arriesgado sostener que existen poderosos obstáculos que se oponen a la integración, tanto que el poder público se siente obligado a promoverla mediante una amplia gama de políticas públicas.

Las luces constituidas por experiencias felices coexisten con extensas sombras de segregación, discriminación, exclusión social y xenofobia. A la extensión y persistencia del lado oscuro, contribuyen las adversas condiciones en las que se desenvuelven hoy en día los procesos de integración.

Entre ellas se cuentan, entre otras, el menor ritmo de crecimiento económico; la peor calidad de buena parte de los empleos ocupados por los migrantes; las escasas oportunidades de movilidad social; las fuertes reticencias de algunas sociedades receptoras, entre ellas las europeas, a la plena incorporación de los migrantes a la sociedad y a la esfera de la política; y el clima social adverso creado por la fuerte prioridad otorgada a las política y de control y a la lucha contra la migración indocumentada.

 

Una primera conclusión

Las migraciones internacionales presentan a comienzos del siglo XXI, rasgos muy diferentes de los de cualquier período anterior, tanto que puede hablarse de una nueva era en la historia de la movilidad humana. Su actual fisonomía ha ido tomando forma desde finales del siglo XX. Tales rasgos contribuyen decisivamente a explicar la relevancia contemporánea que revisten, las intensas emociones que despiertan y la prioridad que reciben en las agendas de gobiernos, partidos políticos y organismos internacionales.

El contexto internacional contemporáneo no resulta muy propicio para las migraciones internacionales, no obstante su tendencia a aumentar en volumen. En un mundo crecientemente globalizado, la movilidad de las personas está severamente restringida. En las mayores regiones del orbe, la falta de empleo y de oportunidades de vida para grandes segmentos de la población, junto con la proliferación de conflictos y situaciones de crisis, generan exorbitantes necesidades de emigrar.

Sin embargo, para la mayoría de los candidatos a la migración, con las actuales barreras que la impiden o dificultan, esas posibilidades están gravemente cercenadas. La mayor parte de los que pueden superarlas lo hacen corriendo riesgos y daños a su integridad personal. Los que si pueden migrar son en muchas ocasiones los que en sus países más necesitarían que permanecieran.

Al otro lado de la relación migratoria, los países desarrollados y de alto nivel de ingresos, necesitan migrantes, por razones demográficas y laborales. Pero en muchos de ellos la lógica económica y demográfica cede ante la lógica política que emana de la existencia de fuertes rechazos a la migración y a la sociedad multicultural. En consecuencia, el fuerte potencial de complementariedad inherente a la desigual distribución internacional de las personas y los recursos, apenas se materializa.


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