Herramientas Personales
Acciones de Documento

Los centroamericanos y su vida con “la bestia”

Última modificación 22/01/2009 20:38
por luisg

La mayoría de los migrantes centroamericanos que entran a México, con rumbo a Estados Unidos, no tienen idea de la geografía del país. Los más pobres se aventuran a recorrer la geografía en el lomo de “la bestia”, como conocen al tren Chiapas Mayab de la Costa. Aquí se narran algunas de sus desventuras.

Por: Eduardo González Velázquez

El pitido anuncia su próxima llegada. La estación de Arriaga, Chiapas se apresta para recibirlo. Las decenas de migrantes salen del albergue “Hogar de la misericordia”; otros más lo hacen de entre la maleza, que en señal de respeto detiene su avance al pie de las vías del ferrocarril, todos revolotean como palomillas alrededor de un foco. Todos son un manojo de ilusiones buscando arrebatar una oportunidad a su flaco futuro. Seis miembros de dos familias se acercan a vender comida a los centroamericanos; el platillo de diez pesos incluye pollo guisado, arroz y tres tortillas. Aun así, son pocas las ventas “no compran porque no andan dinero”, se lamenta la mayor de la familia, una señora que carga en los hombros el peso del tiempo y de la desesperación “porque no sale para vivir; un día de estos también yo me voy a ir”. Son las once de la noche y para las dos familias el día no ha llegado a su fin. El silbido anticipa a “la bestia”, es el ferrocarril Chiapas-Mayab de la Costa que llevará a decenas de migrantes a Ixtepec, Oaxaca, y de ahí “pues nadie sabe”; “todos queremos llegar al norte, aunque pocos sabemos en dónde estamos”. Casi la totalidad desconoce la geografía mexicana. No importa la hora que sea, el sueño no los vence; a la una y cuarto de la madrugada se escuchó el rugir del tren y el golpeteo de los vagones en la estación de Arriaga, cuarenta y cinco minutos después continuó su camino hacia Oaxaca con cien migrantes centroamericanos abordo. La mayoría de ellos viajarán atados al lomo del vagón “porque si nos dormimos nos caemos”. Muchos son primerizos en la aventura migratoria. Finalmente “la pobreza nos expulsó”, afirma un nicaragüense de apenas veinte años de edad.

Lo difícil no es cruzar

La frontera de Ciudad Hidalgo es el paso más sureño que utilizan miles de centroamericanos ilegales para iniciar su travesía por tierras mexicanas. Esta zona evidencia una “frontera muy porosa” de aproximadamente mil 200 kilómetros que México comparte con Guatemala y con Belice, de los cuales 970 limitan con Guatemala. Desde las márgenes del río Suchiate, comienzan su “eterno” caminar como migrantes. Ciudad Hidalgo y su gemela Tecún Umán en Guatemala son uno de los mil 63 “pasos ciegos”, y uno de los cuarenta y cuatro puntos que se pueden cruzar sin problemas pues no existe autoridad aduanal, militar ni policiaca que detenga diariamente el paso de al menos cuatrocientos cincuenta indocumentados a través del río. Este es el caso de Patricia, una salvadoreña de 29 años de edad, madre soltera de tres niños de dos, cuatro y diez años de edad. Su mirada y su “futuro” están puestos en Los Ángeles, California “no sé si llegaré, pero al menos lo debo intentar”. Su escepticismo lo alimenta con lo pesado que ha resultado el trayecto. Salió un día de octubre, viaja en compañía de su hermana de 35 años de edad, también madre soltera de una niña de diez años. “Me da miedo, claro que sí”, comenta Patricia mientras se acomoda sobre una enorme piedra a las afueras del albergue Belén de Tapachula. Su cruce lo hizo con los “balseros” de Tecún Umán. Un día después de su salida ya se encontraba en México. Dejó El Salvador donde se ganaba la vida y la de sus hijos cuidando dos niños por 120 dólares al mes. “Esa paga no es suficiente, por eso pedí un préstamo de quinientos dólares para irme al otro lado. Me traje cien, que ya acabaron, y el resto se lo dejé a mi madre para que mantenga a mis hijos mientras consigo enviarles más dinero”. Ya en México lo verdaderamente pesado “apenas comenzaba”. Y así fue, en Ciudad Hidalgo Patricia y su hermana abordaron una combi sin mucha suerte; poco antes del primer retén, donde las bajaron para evitar la revisión, las detuvieron unos agentes de la Policía Federal Preventiva, quienes fieles a la regla y negados a ser la excepción las subieron a la patrulla y “nos regresaron a Ciudad Hidalgo”. “La pefepé nos quitó 450 pesos y nos soltó, órale síganle pa´l norte, nos dijeron”. Al fin llegaron al albergue Belén en Tapachula y “nos encontramos que aquí sólo podemos estar tres días y luego debemos abandonarlo y seguir el camino”. El vía crucis no termina aquí, tras “seguir el camino”, tres días después fueron asaltadas “nuevamente”, ahora por una de las bandas maratizadas que operan en Chiapas. Por ello regresaron al albergue Belén, y gracias a la intervención de algunas organizaciones de derechos humanos consiguieron un permiso para permanecer más días en el albergue, dirigido por el sacerdote Flor de María Rigioni, antes de continuar el camino. Tal vez esto nos pasa por viajar sin coyote, trata de explicar Patricia. Pero “uno de estos días me voy a ir, así que debo juntar dinero para seguir”. Lo malo es que “aquí en Tapachula sólo nos ofrecen trabajos raros donde venden trago. El pago es de cincuenta pesos diarios”. A estas mujeres migrantes las buscan los dueños de prostíbulos, bares, casas de citas y centros botaneros quienes las reclutan a las afueras de los albergues, “pasan y les ofrecen trabajo”. La hermana de Patricia tuvo mejor “suerte”, lleva tres días trabajando en el servicio doméstico. Se ha convertido en una más de las migrantes “invisibles” que cargan con el aseo “y otras labores” de las viviendas de Tapachula.

Los enemigos mexicanos de los migrantes

Como pasará más adelante en el desierto de Arizona con sus ofensivas temperaturas que lo convierten en un “cementerio” de migrantes con más de cinco mil decesos sucedidos entre 1993 y 2008; la selva y la sierra chiapaneca se significan como el primer escollo geográfico y climático que deben vencer los “exiliados económicos” de Centroamérica. Para superar la primer “aduana” mexicana los migrantes y los coyotes cambian constantemente los puntos de ingreso, así como las rutas que siguen una vez internados en nuestro país. Las “autoridades” no podemos evitar la porosidad de la frontera que se incrementa diariamente, afirma un agente migratorio en el puesto de control de Chacaljocom a las afueras de Comitán. Entran por Talismán, Unión Juárez, Ciudad Hidalgo, Ciudad Cuauhtémoc, Amatenango, Mazapa de Madero, Motozintla, Benemérito de las Américas, Frontera Comalapa, Las Margaritas, Ocosingo, Marqués de Comillas, Suchiate y Tapachula. Por La Mesilla todo “entra y sale”. Ya en Chiapas toman la montaña, la costa o se internan en comunidades como Tuxtla Chico. Se mimetizan con la población de Tapachula. Muchos hacen suyos algunos parques de la cabecera municipal donde se entretejen las redes para continuar el viaje. “Debemos hacer todo eso para evitar toparnos con los asaltantes y con la policía, que al final es lo mismo”, dice un grupo de hondureños que descansan debajo de un árbol cerca de la zona arqueológica de Izapa.

En octubre de 2005 luego del paso del huracán Stan la llamada “economía de migración” sufrió un fuerte revés en Tapachula y las comunidades rurales asentadas a las orillas de las vías del ferrocarril. El paso de migrantes por la estación Cahuacán quedó suspendido. Ahora utilizan “la gravera”, zona por donde las vías del tren rodean Tapachula. El huracán destruyó los puentes del ferrocarril que conectan a Tapachula con Arriaga; y el gobierno mexicano no los ha restablecido buscando con ello frenar la migración. Esa es la razón por la que el tren Chiapas-Mayab inicia ahora su camino desde Arriaga. Esto ha ocasionado que los centroamericanos que antes del Stan se subían al ferrocarril en Tapachula, inmediatamente después de cruzar por Ciudad Hidalgo, ahora tengan que caminar para llegar a Arriaga. Un menor número de migrantes se trepan a “la bestia” en Tonalá o en Guatemalilla, una pequeña estación localizada antes de Arriaga; pero la mayoría camina hasta esa ciudad para “descansar, recuperar fuerzas y comer un poco”.

La travesía para alcanzar el “sueño americano”, hoy en día en recesión económica, comienza en el mismo cruce con México. Los balseros guatemaltecos cobran diez pesos por utilizar el “transporte” para cruzar el Suchiate. De la frontera a Tapachula el precio de las combis para la población local es de 15 pesos, pero a los migrantes les “cobran” 100 o 200 pesos. De Tapachula a Arriaga la caminata les lleva seis días. Las plantas de los pies denuncian lo lastimoso del andar. “En época de lluvias es mejor, porque los ríos traen harta agua y no tenemos que cargar bidones”. Para “evitar” a los agentes del Instituto Nacional de Migración rodean la caseta de Huehuetán, lo pueden hacer caminando o si cuentan con los recursos económicos utilizan a los tricicleros. Paradójicamente en varias ocasiones cuando los agentes de migración los sorprenden no los detienen, muchas veces “no los podemos seguir al monte porque nos apedrean; o cuando los bajamos de los camiones se nos ponen a los puños, por eso los dejamos ir”, afirman los agentes de migración. Pero los agentes no son los únicos a los que se enfrentan los migrantes, en “la arrocera” sufren de asaltos y abusos sexuales. Esa zona resulta muy peligrosa y está controlada por bandas de “bajadores” que extorsionan o asaltan a los centroamericanos.

Coro de agravios

Una vez alcanzada la población de Arriaga, el primer destino es el albergue “Hogar de la misericordia”. En ese lugar descansan entre uno y tres días. Atienden las heridas de los pies que dan cuenta de la travesía. Recostados en el suelo de una habitación central observando la televisión, los centroamericanos esperan la partida del ferrocarril que sale un día sí y otro no. El siguiente “jalón” es hasta Ixtepec, Oaxaca, doce horas de camino soportando bajas o altas temperaturas según sea el horario del recorrido y la temporada del año. En el albergue, a cargo del sacerdote Heyman Vázquez Medina y de Carlos Bartolo abundan las historias. A la ciudad de Arriaga llegan entre cincuenta y cien migrantes diariamente. El pasado se torna una contradicción constante para la memoria colectiva del migrante: “se recuerda, se extraña”, pero se trata de dejar atrás. Desalienta la falta de un futuro claro. Myriam, una hondureña de 27 años de edad, divorciada con tres hijos de uno, seis y ocho años de edad salió de la Ceiba, Honduras en agosto y a mediados de octubre apenas estaba en Arriaga. En su país trabajaba en la maquila de ropa con un sueldo de 849 lempiras (45 dólares) por semana. Dejó a sus niños con su madre. “Viajo sin dinero, lo poco que junté lo dejé en mi casa”. “Vamos durmiendo en banquetas, templos, casas de amigos, vías del tren y albergues”. Su presente es incierto, sin embargo, proyecta su futuro: “si yo llegara a allá (Estados Unidos) solo trabajaría tres años y me regresaría”. En setenta y cinco días de viaje “he tenido que quedarme en algunos lugares a trabajar”. También “nos han asaltado”. “Nos quitaron la ropa y nos cruzaron el río, la policía nos quitó todo, nos dijeron ahí les dejamos unos pesos y nos dejaron 20 pesos”. Myriam continuará su viaje en compañía de Carlos, un salvadoreño de 23 años de edad, soltero, de oficio albañil y que dejó en su país un sueldo de 70 dólares por semana. Se conocieron al llegar al albergue, Myriam tal vez no sepa que algunas mujeres en algún momento del trayecto son intercambiadas a los agentes de “seguridad” por los propios migrantes para que las autoridades les permitan seguir su camino. Las mujeres que sufren esta situación son abusadas sexualmente y posteriormente dejadas en libertad. Es un riesgo que tal vez muchas están dispuestas a tomar para no viajar en soledad. El albergue tiene en una de sus paredes del salón principal dos mapas, uno de nuestro país y otro de Estados Unidos, ambos muestran las rutas del ferrocarril en las dos geográficas. Los que llegan al albergue viajan con una mochila o un morral “donde sólo andamos un cambio de ropa”. Sus pertenencias es el futuro incierto que esperan encontrar. Katherine, nicaragüense de 14 años de edad, viaja con sus padres y una tía (hermana de su mamá). El plan familiar es llegar a Nueva Jersey, pero primero se encontrarán con la hija mayor de tan solo 17 años que ya vive en Iztapalapa en el Distrito Federal. Salieron el 10 de octubre, han viajado en combi, pero “ahora treparemos a ‘la besti’a, espero que nos vaya bien”, es el deseo del jefe de la familia, quien no deja de platicar de una más de sus hijas de apenas doce años de edad que debió dejar en Nicaragua.

Myriam, Patricia, Katherine y cientos de migrantes centroamericanas más probablemente a lo largo de su travesía sufrirán violencia sexual física o verbal; más allá de que la puedan identificar e incluso verbalizar ante las autoridades. Verán violentado el cómo, el dónde, el cuándo y con quién lleven a cabo acercamientos sexuales. Esos abusos pondrán de manifiesto la vulnerabilidad de su condición migrante y femenina, y harán evidente el reparto desigual del poder entre la sociedad. En ocasiones son abusadas sexualmente frente a los hombres que las acompañan sea el esposo, el hijo o el hermano; en ese sentido el abuso sexual será también para humillar a los hombres que son obligados a presenciar la violación.

Las rutas por México

En los escenarios migrantes del estado de Chiapas es evidente el vacío de autoridad en los tres niveles de gobierno. Sus prácticas y sus discursos se convierten en un pesado contrasentido que los migrantes están condenados a cargar. El discurso dice: como “autoridades” estamos al “pendiente” de los migrantes. La práctica lo refuta: “todos ven a los migrantes como ganancia, a nadie le importa nuestra suerte, nuestro pasado y menos nuestro futuro”, sentencian decenas de expulsados centroamericanos amotinados en una combi. Para la policía sectorial y municipal estar al “pendiente” de la migración es asentarse en las veredas que utilizan los centroamericanos para extorsionarlos a su paso por el estado, en lugar de velar por la seguridad de la población. Parecen “casetas de cobro, cuando les das dinero te dejan seguir, cuando no, pues te regresan”. No obstante, en los puestos de control aduanal sobre la carretera Tapachula-Arriaga, algunos agentes de migración afirman llevar a cabo “muchas veces las revisiones solamente por encima, y dejamos que los autos y los camiones pasen”. Por su parte, los miembros del Grupo Beta que por ley no deportan ni denuncian a los migrantes, y que en la espalda de sus camisas portan la leyenda “Agente de protección a migrantes” frecuentemente están inmiscuidos en abuso a los centroamericanos. En Chiapas, el grupo lo conforman nueve policías municipales comisionados, seis laboran en Tapachula y tres en Pijijiapan, además de doce policías federales también comisionados. El territorio que deben cubrir abarca la zona del Suchiate, Arriaga y Motozintla, “mucho terreno para pocos agentes y escasos recursos”, se lamenta Samuel Ramírez Bante, coordinador del grupo, quien también afirma contundente: “a veces también nosotros tenemos que correr”, pues desde 1998 nos “desarmaron”. El Beta trata de “convencer a los migrantes de que regresen, de los riesgos que corren, pero el hambre en Centroamérica está cabrona no los podemos detener”, señala contundente un agente Beta. Las denuncias por abusos y violación a los derechos humanos caen en el olvido. Todos extorsionan a los migrantes, “sobre todo la policía sectorial”. El vacío es total. La impunidad absoluta. “Existe corrupción, todos lo sabemos”, se escucha lapidario el coordinador del grupo Beta.

En la estación de Arriaga minutos antes de que arranque “la bestia”, Carlos comparte su historia: tiene quince años, a los doce se fue a Guadalajara en el tren; en otra ocasión “me fui en camión” a Matamoros con un tío; trabajó cociendo camarón, oficio que conoce porque lo realiza en Arriaga. Cuando se le pregunta si se iría a Estados Unidos contesta: “claro, el que tiene miedo no se va, cuando es que no tienes miedo te vas”. Aunque el tren viaja en muchos tramos a una velocidad de 20 kilómetros por hora debes ser “hábil” para treparte, sino te pones un “putazo”, advierte Carlos. Pero treparse al tren no es tan fácil y menos barato, los operarios les cobran cien pesos por subirse al techo de los vagones o en las cabeceras de los mismos, mil 500 pesos si se acomodan con el maquinista, “si no pagas no te dan subida”, anticipan varios centroamericanos que no “andan” dinero. La logística está perfectamente establecida: el cobro se hace antes de que el ferrocarril llegue a Arriaga. Todos están coludidos: los administradores del ferrocarril Chiapas-Mayab y sus “policías privados” quienes se encargan de cobrar y “acomodar” a los “viajeros”, asimismo están al pendiente de que nadie sin previo pago aborde a “la bestia”. Si los migrantes pagan por subirse el administrador avisa al maquinista para que se detenga frente a la estación y así permitir que suban los migrantes, una vez “acomodados” en los vagones, el tren se echa en reversa desde la estación y toma vuelo para no dejar que suban más personas, si aún así los centroamericanos alcanzar a treparse aparecen los “garroteros” quienes los bajan a “patadas” en las inmediaciones de la estación.

Brincar las trancas anteriores no garantiza nada aún. Faltan miles de kilómetros para llegar, deberán librar bandas de asaltantes y secuestradores entre Juchitán y Unión Hidalgo, también en Veracruz y Reynosa, Tamaulipas, ahí los migrantes son secuestrados en forma masiva para luego exigir, mediante amenazas de muerte, el rescate a los familiares que viven en Estados Unidos. La labor de inteligencia que realizan los Zetas y los Maras para ubicar a sus víctimas potenciales inicia en Arriaga. El rescate que se pide va desde los quinientos a los tres mil dólares, cuando los familiares no lo pueden pagar los migrantes son obligados a trabajar para el narcotráfico, ya sea vendiendo droga o llevando más gente a las casas de seguridad donde mantienen a los secuestrados.

Las pollerías de la frontera

Todo lo anterior abona para que algunos migrantes que tienen dinero y no quieren arriesgarse acudan a las “agencias de viaje” establecidas en la ciudad de Frontera Comalapa donde se ofrecen los servicios de camiones a Tijuana, conocidos como  “tijuaneros”. Las llamadas “agencias de viajes” o “agencias de servicios turísticos” más bien parecen pollerías, son más de veinticinco establecimientos; pocos son los que se dedican a ese “negocio” exclusivamente, la mayoría son casas habitación, papelerías, peluquerías, abarrotes, ferreterías, mercerías y talleres mecánicos. Pero todas las fachadas de esos establecimientos anuncian “viajes turísticos”. Existen dos rutas, la primera es Frontera Comalapa -Tuxtla Gutiérrez – Puebla - México – Hermosillo – Altar - Tijuana. La ruta dos recorre Frontera Comalapa – Huixtla – Arriaga – Oaxaca – México – Hermosillo – Altar -Tijuana. Aunque también llevan a los migrantes a Cananea, Naco, Caborca, Agua Prieta, en Sonora, y a Palomas en Chihuahua. Con excepción de unas tres “agencias” que se niegan a transportar guatemaltecos, el resto de los establecimientos sí lo hacen. Algunos piden que los mexicanos presenten su credencial de elector y su acta de nacimiento. El precio de Frontera Comalapa a Tijuana o Altar va de ochocientos hasta mil 300 pesos dependiendo si se viaja en primera o segunda clase, y del número de viajeros, en grupos de tres o más hay un descuento de cien pesos por pasaje. Las corridas son miércoles y sábados y el trayecto dura tres días. La ruta por Tuxtla Gutiérrez es el miércoles, y por Huixtla el sábado. “Antes había más gente hoy ha bajado el número de migrantes, ya no muy se quieren ir”, se lamenta la dueña de la “agencia de viajes el Malandrín”. Aun así, cada “agencia” llena dos camiones por semana, mandan entre mil y dos mil migrantes semanalmente entre mexicanos y centroamericanos. “Yo solo los transporto, que compren el boleto y que Dios los bendiga”, se deslinda un “agente turístico”. Tal vez Frontera Comalapa sea la ciudad con más “agencias de viajes” por número de habitantes en el país. Algunas “agencias” ofrecen “hospedaje” en un cuarto junto al negocio. Las agencias que cuentan con el servicio de “coyote” desde Frontera Comalapa cobran veintidós mil pesos por cruzar a los migrantes a cualquier punto de Estados Unidos, el migrante debe llevar además tres mil pesos para su comida.

En el estado de Chiapas que se significa como un estado de origen, recepción y tránsito de migrantes la tendencia de la sociedad y de las “autoridades” es a “invisibilizar” al migrante. “Todos extorsionan”. “Ponemos dinero en los documentos y nos dejan pasar”. “El migrante es un botín que para muchos deja jugosas ganancias”. “Toda la sociedad se aprovecha de ellos”. Ese es el camino que diariamente recorren los miles de migrantes centroamericanos en una constante lucha por dejar atrás el pesado pasado de urgencia económica y social, y alcanzar un incierto futuro que si bien no promete lo mejor, el sólo hecho de abandonar la miseria parece ser una victoria, aunque con frecuencia sea una victoria pírrica.


Copyright © 1996-2014 DEMOS, Desarrollo de Medios, S.A. de C.V.
Todos los Derechos Reservados.
Derechos de Autor 04-2005-011817321500-203.

Desarrollado por La Jornada

Hecho con Plone