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Hacia una geografía del otro México

Última modificación 07/07/2008 21:04
por Arturo Cano

Son un río humano cuyo cauce no se detiene y que no dejará de crecer. Incluso según las estimaciones más optimistas –que la economía del país crezca al cinco por ciento anual– cuando concluya este sexenio habrán cruzado la frontera dos millones de nacionales más. Aquí, una aproximación al otro México fuera de México

Por: Arturo Cano

Los migrantes son:

• La avanzada que un día reconquistará pacíficamente los territorios perdidos.

• El primo –así sea lejano– que todo mexicano tiene del otro lado. Uno de cada diez hogares mexicanos tiene un miembro con antecedentes de migración a Estados Unidos. Solamente 93 de los 2 mil 443 municipios del país no están ligados a la migración, sea por vía de las remesas o por migrantes.

• Una incógnita y un debate eterno. ¿Cuántos son? ¿Cuál estado es el campeón? La cifra de migrantes por estado se suelta cual si fuera un orgullo del terruño expulsar a sus hijos. Los jaliscienses siempre dicen ser más que los michoacanos y viceversa. Algunos zacatecanos presumen ser más en Estados Unidos que en el propio Zacatecas.

¿Y cuántos son a fin de cuentas? ¿Son diez, 20 o los 35 millones que dicen algunos? Los datos oficiales (Consejo Nacional de Población, CONAPO) indican que hoy residen en Estados Unidos alrededor de 8.5 millones de personas nacidas en México, de las cuales entre 3 y 3.5 millones serían indocumentadas.

Los datos que acompañan los mapas que presentamos, tomados del censo 2000 de Estados Unidos, cifran la población de origen mexicano (nacidos aquí o descendientes de mexicanos) en 21.5 millones de personas (casi 60% de todos los “hispanos” y 7.3% del total de la población).

La distribución no es uniforme. En California son la cuarta parte de la población, en Texas el 24% y en Arizona el 20%. Jorge Santibáñez, presidente del Colegio de la Frontera Norte, cita un dato revelador: “Once de esos veinte millones viven a menos de dos horas de la frontera con México”.

• Los dólares sin los cuales miles de comunidades del país dependerían casi exclusivamente de la ayuda gubernamental.

• La riqueza nacional. Los migrantes trajeron y siguen trayendo riqueza, como nadie más. Entre 6 mil millones dólares –estiman especialistas– y 10 mil millones –cifra del gobierno foxista–. Con todo, parece haber acuerdo en que las remesas de los migrantes representan el tercer ingreso de divisas, después de las exportaciones petroleras y el turismo.

• Un gran negocio para las compañías de envío de dólares que se quedan con la tajada del león con triquiñuelas frente a las cuales los gobiernos anteriores nada hicieron y el actual nomás les pide que le bajen a sus ganancias. Enviar dinero a sus familiares cuesta a los migrantes, en promedio, 20% del valor de los dólares que mandan. El porcentaje llega a crecer hasta 30 debido a los abusos de las compañías a la hora del cambio de dólares a pesos.

• Los jefes políticos de sus comunidades de origen. En muchas poblaciones de Los Altos de Jalisco mandan –o al menos influyen decididamente– los restauranteros de Oregon y Georgia. Los jornaleros agrícolas del sur de California, marcan el paso en la mixteca oaxaqueña. En Puebla, según Mario Riestra, más de 30 migrantes han sido presidentes municipales en los últimos años. Terminados sus mandatos, han vuelto a Nueva York. Y, claro, los políticos de Zacatecas, Guanajuato, Jalisco y Michoacán, entre otras entidades, tienen que hacer forzosamente campañas en Los Angeles o Chicago. Las historias que verifican el peso político de los migrantes son las más de las veces poco visibles para los medios, aunque a veces brillan de más, como en el caso del Rey del Tomate, Andrés Bermúdez, quien vino a gastarse 800 mil dólares de su bolsa en su afán de ser alcalde de Jerez, Zacatecas, y que regresó, con el triunfo, a su casona de San José, California, luego de que el tribunal electoral lo consideró inelegible.

• El motor y el espejo de la modernidad. Según Carlos Monsiváis, los migrantes “han renovado las costumbres de regiones enteras, han ampliado los límites de la tolerancia, han transformado guardarropas y apariencias, han roto el aislacionismo”.

• Jóvenes y pobres. De los mexicanos residentes en Estados Unidos (los casi 9 millones nacidos aquí) 45% son mujeres, 13% son menores de 15 años, 70% se encuentran entre los 15 y 45 años y 17% tienen más de 45.

35% de la población mexicana vive en situación de pobreza, la que afecta principalmente a los indocumentados recién llegados.

En conjunto, la población latina suma 36.3 millones y tuvo un crecimiento demográfico en la década de los noventa de 57.9%, cuatro veces mayor al de la población estadunidense en general. La población mexicana fue la que más contribuyó a ese crecimiento.

Los “héroes” del presidente Vicente Fox.

• Los expoliados de mil maneras. En Texas y California, donde hay proporcionalmente más mexicanos con respecto al total de la población, es justo donde suelen tomarse las medidas más radicales contra los migrantes. Cerca de la mitad de la población estadunidense, según encuestas, piensa que los migrantes “cuestan” más de lo que dejan en ganancias en su país huésped. Es falso.

En su gran mayoría, los migrantes que trabajan lo hacen por bajos salarios y carecen de seguro y prestaciones. Su condición de indocumentados no los libra de pagar impuestos. Se calcula que sólo en el rubro de impuestos no devueltos y pensiones no pagadas a los migrantes mexicanos sin documentos, el gobierno estadunidense se queda cada año con unos 5 mil millones de dólares.

• Los agringados incómodos. Aunque en los círculos del poder ya pocos se atreven a colgarles la etiqueta de “prófugos transculturizados”, los migrantes aún carecen de la confianza de sus paisanos. En algunas franjas del PRI, por ejemplo, sigue vigente la idea, ampliamente defendida por algunos de sus más reputados juristas, de que la soberanía nacional estaría en grave riesgo si se permite votar a los mexicanos que viven en Estados Unidos en elecciones nacionales. Y en el PRD no es extraño encontrar voces como la de un alto dirigente local, de un estado “expulsor”, para quien el principal reto de su partido con los migrantes que vuelven es crear “talleres culturales y artísticos” pues de otro modo los jóvenes andarán por ahí, vestidos de cholos, pintarrajeando las paredes y atentando así contra las tradiciones y valores muy bien guardados por quienes se quedan.

• El colchón gigante que amortigua, en la forma de emigraciones masivas, las múltiples y sucesivas crisis en el campo, primero, y más tarde en las ciudades.

• La Raza. Dice Monsiváis: “Nada ‘mexicaniza’ tanto, por así decirlo, como las vivencias de los seres discriminados y en este sentido, el término ‘La Raza’ es todo menos racista. Es sí, muy descriptivo, y no viene de ‘la Raza’ hispánica sino de su opuesto, ‘La Raza de Bronce’, el color moreno, la apariencia indígena, la ‘pertenencia fisionómica’ a una nación”.

• Mano de obra que el imperio siempre ha requerido. Están del otro lado, desde hace añales, los jaliscienses, michoacanos y guanajuatenses. Nos instruye Jorge Durand, de la Universidad de Guadalajara y uno de los más notables especialistas en el tema: a principios del siglo XX comenzaron su peregrinar gracias a que vivían en estados sobrepoblados, a que el tendido del ferrocarril atravesó el Bajío y a los “enganchadores” que venían por ellos. “La mano de obra siempre ha sido necesaria en el imperio”.

A los “estados tradicionales” de la migración se han unido en los últimos años Puebla, Morelos, Hidalgo, Estado de México y el Distrito Federal.

• Un rostro que cambia según cuánto y dónde apriete la crisis. La migración es cada vez más urbana. El mundo rural comparte ahora su condición de zona de desastre con las ciudades. Pero la migración sigue siendo el reino de los rurales, más experimentados y con mejores y más aceitadas redes para el cruce y el establecimiento allá.

“Uno de Guadalajara se puede ir con los vecinos o los amigos pero ¿qué contactos, qué tradición tienen ellos? Pos sí cruzas la frontera a punta de suerte y de golpes pero ¿cómo te desarrollas allá?”, dice Jorge Durand.

• Son el corazón de la agricultura estadunidense. Un tercio de nuestros migrantes trabaja en los campos. “En la agricultura todo es en español, de modo que los únicos que pueden entrar son centroamericanos, pero son el 1%. La de Estados Unidos es una agricultura mexicanizada: 85% de sus trabajadores es nacido en México. Son dos millones”, dice Durand.

• Un río humano que no dejará de crecer. En los últimos seis sexenios la cifra de migrantes se ha multiplicado por diez. En los sesenta salieron de México entre 260 y 290 mil personas; en los setenta fueron entre 1.2 y 1.5 millones; en los ochenta, entre 2.1 y 2.6 millones. En los años noventa la cifra llegó a los 3 millones (CONAPO).

• Otro México fuera de México. El CONAPO estima que, en el mejor de los escenarios económicos, a lo largo de este sexenio cruzarán la frontera dos millones de mexicanos, cifra equivalente a toda la población de Baja California Sur, Campeche y Colima. Los datos más recientes del CONAPO indican que la población nacida aquí o de origen mexicano suma ya 23 millones de personas, una cifra similar a los habitantes de 16 estados del país. Aun si ocurre el “mejor escenario” económico para el país –un crecimiento del 5%– la cifra de nacidos en México residentes en Estados Unidos habrá aumentado en 4 millones en el año 2015 y en 10 millones en el 2030.

• Un río humano cuyo cauce no se detiene. Si en los cincuenta el destino principal era Texas y en los sesenta el favorito fue California, ahora estamos frente a un desplazamiento hacia el este, “hasta Boston”. Así, la mexicana es una migración “nueva” en lugares como Florida y Georgia. En los estados del sur, los trabajos más pesados y riesgosos, nicho de la población negra, están siendo ocupados por mexicanos.

• Trabajadores a la medida. Hace 30 años no había mexicanos en Lake Tahoe, California. Comenzaron a llegar y a desplazar la mano de obra de negros, blancos pobres y otros migrantes. El mismo fenómeno se ha repetido en muchos otros lugares. Los productores de cangrejo de Maryland enfrentaron la competencia filipina yendo a Veracruz a traer mujeres de la costa, que saben del trabajo y a quienes no pagan los 10 dólares la hora que cobraban las mujeres negras sindicalizadas.

• La piedra en el zapato después del 11 de septiembre. “Si no los legalizas, ¿cómo los controlas? Porque ahora, Estados Unidos no tiene idea de quiénes están allí”, dice Durand.

• Si mujeres, son invisibles. Durante largos años –sostiene la especialista Ofelia Woo, también de la Universidad de Guadalajara–la femenina fue vista sólo como una migración de “reunificación familiar”, cosa muy lejana de la realidad. A principios de los noventa, un estudio en el que participó la investigadora arrojó que 40% de las entrevistadas eran solteras y la mayoría contaba al menos con secundaria terminada. De l995 a 2000, en promedio, 26% de las personas que salieron a Estados Unidos fueron mujeres. Entre l998 y 2000, de las mujeres que cruzaron la frontera como indocumentadas, 56% eran solteras y 39% jefas de familia (Colegio de la Frontera Norte).

• Muertos en la línea. Entre 1994 y 2001 se incrementaron las muertes de migrantes en la zona fronteriza en un 500%, en general, y en Texas y Arizona el incremento fue de mil por ciento. Sólo en 2001 murieron 391 mexicanos en el intento. Este año van 114 muertos. Una tercera parte de los fallecidos nunca son identificados.

• Si indígenas, víctimas del racismo por partida doble. En Estados Unidos residen alrededor de 250 mil indígenas procedentes de Puebla, Hidalgo, Michoacán y Oaxaca. A la xenofobia que padecen se suman las actitudes racistas con que los tratan las poblaciones anglosajona, latina e incluso la mexicana no indígena.

• Niños. Entre los mexicanos que año con año deporta el reestructurado y fortalecido Servicio de Inmigración y Naturalización unos 60 mil son menores de edad. Otros 90 mil consiguen cruzar. La tercera parte de los menores que intentan pasar lo hacen solos, sin familiares ni polleros.

• La “solución duradera” que no llega. Que “en breve se ofrecerán resultados sustantivos”, dijo el presidente Fox apenas el 12 de junio, en Tijuana. Que no, que se desvaneció el “notable ímpetu” de las negociaciones, le refutó su canciller en el mismo lugar y el mismo día. Bandera de lujo del gobierno foxista, la negociación bilateral sobre el tema migratorio está muy lejos de arañar siquiera las grandes expectativas que se levantaron al inicio del régimen de la alternancia. La única solución duradera, ha insistido el presidente aquí y allá, “será regularizar la situación de los millones de trabajadores mexicanos indocumentados y establecer un marco seguro y ordenado para los trabajadores migrantes”.

La esperanza que la posición del gobierno foxista ha generado entre los mexicanos residentes en Estados Unidos no tienen referente en la historia. Del mismo modo, la falta de avances en la negociación podría traer uno de los más sonados fracasos para el actual régimen.

• Los (así sea pocas veces) bienvenidos. En un país que parece olvidar sus raíces migrantes y que ha convertido sus fronteras en un frente de su guerra contra el terrorismo, existen voces como la del experimentado periodista Pete Hamill, quien ha escrito en estas páginas: “Todos deberíamos recordar que la gente que nos trajo aquí –nosotros que somos los hijos de otras vastas migraciones, irlandeses, judíos, italianos–, esa gente formidable, no era diferente a estos mexicanos jóvenes. Creían en la familia. En la dignidad. En el trabajo. No vislumbraron carreras para ellos mismos, sino sacrificaron sus vidas por sus hijos, trabajando en los peores empleos, ganando los peores salarios. Y sí: soñaron con sus tierras de origen. Sí: cantaron sus viejas canciones...

“Podemos comprometernos a no nutrir la estupidez en el mundo... debemos poder decirle a cada mexicano pobre que llega a este país: gracias por venir. Gracias por recordarnos quiénes somos”.

 


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