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Migraciones por amor

Última modificación 16/04/2010 20:27
por luisg

La internet y las agencias matrimoniales “mueven” cada año a miles de mujeres en todo el mundo, mujeres que emigran para casarse y que logran, así, vencer los tres más difíciles retos de los migrantes: papeles, una red de relaciones y capacidad de consumo. Se calcula que cada año unas 300 mil mujeres de China y otros países asiáticos viajan para casarse. Lo mismo sucede hacen entre 10 y 15 mil rusas. Esa “incorporación dependiente” –como la llaman las investigadoras Yolanda Bodoque Puerta y Montserrat Soronellas Masdéu, quienes analizan el fenómeno en España- suele tener altos costos para las mujeres que migran por amor

Por: Redacción

“Las mujeres migrantes por amor no se desplazan: son traídas al país de destino. Vienen como novias, un noviazgo que algunas materializan en matrimonio. Marchan de sus países de origen con un proyecto de familia en destino, por lo que, desde el principio, construyen su particular forma de migración sin proyecto de retorno. A menudo, incluso, rechazan los entornos familiares de origen, de manera que la migración conyugal debe ser entendida como una forma de huir de relaciones familiares insatisfactorias y de modelos masculinos detestados”. Así lo plantean las investigadoras Bodoque y Soronellas, de la Universitat Rovira i Virgili de Tarragona, España, en su estudio “Parejas en el espacio transnacional: Los proyectos de mujeres que emigran por motivos conyugales”.

En sus conclusiones, las autoras afirman:

“Muchas de las mujeres entrevistadas nos relatan relaciones de género asimétricas, conyugales o paternofiliales, basadas en modelos patriarcales que las situaban en una posición dominada, de la que deseaban escapar. La migración conyugal es su forma de crear un escenario social y personal distinto; es su oportunidad de construirse un futuro más allá de las condiciones estructurales en que han nacido y crecido. En este sentido, a pesar de las condiciones de dependencia en que organizan la migración, vemos a estas mujeres como agentes activos de una nueva vida en destino, en la que se podrán permitir no mirar atrás, a diferencia de las mujeres migrantes que por motivos económicos dejan hijos y familia en el lugar de partida y, en consecuencia, viven y trabajan aquí mirando allá.

“Sin perspectivas de regreso, los vínculos con las familias y las redes sociales del país de origen son frágiles desde el comienzo de la migración y se debilitan progresivamente con el paso del tiempo y bajo la influencia de unos maridos/novios que persiguen la “nacionalización” de las relaciones sociales de sus mujeres extranjeras, como una forma de normalizar y estandarizar su relación de pareja.

“Se trata de mujeres que emigran solas, sin cadena migratoria y, en consecuencia, en el país de destino carecen de una red de apoyo: no hay madres ni otros familiares que cuiden de ellas o de sus hijos; no hay familiares ni amigos que las acompañen en momentos puntuales de su vida. Del colectivo de su misma nacionalidad generalmente reniegan (como Ela) o no tienen contacto porque a su pareja no le parece oportuno (como Mariana). En contrapartida, su soledad, siempre que las circunstancias legales lo permitan, les concede la posibilidad de abandonar su proyecto conyugal cuando no les resulta satisfactorio, no tanto para volver a su país sino para poner en marcha un segundo proyecto migratorio, que puede ser conyugal, como el primero, o que puede construirse sobre la base de un proyecto de migración más convencional, laboral y económico propiamente dicho.

“El matrimonio con un nacional las sitúa en un nivel de integración institucional y jurídica y les proporciona también la inserción en el entramado de relaciones familiares y sociales de la pareja, quien resuelve también la situación económica de la mujer.

“De esta forma han conseguido, en cuanto llegan, los tres niveles de incorporación más difíciles para los migrantes: la incorporación jurídica, tener “los papeles”; la social, formar parte de una red de parientes y amigos en el lugar de destino; y la económica, disponer de capacidad de consumo. No obstante, se trata de una incorporación que convierte a la mujer en dependiente de su pareja y de su relación con ésta. La mujer llega para encajar en la posición social, económica y conyugal que su marido ha diseñado para ella y para sí mismo. En consecuencia, en esta situación de incorporación dependiente, el vivir transnacional de estas mujeres adquiere un carácter diferencial respecto al resto de migrantes.

“La investigación nos muestra la existencia de un espacio transnacional débil que se circunscribe a una relación, a menudo frágil, con los parientes más cercanos del país de origen. Entendemos que la familia es el baluarte del campo social transnacional de los migrantes porque es ésta la que queda en origen, especialmente cuando se trata de hijos y cónyuge, la que motiva a los migrantes a mantener vínculos transnacionales fuertes.

“Tratamos, en este artículo, sobre mujeres que migran con un proyecto de familia en destino, una singularidad que influye de manera decisiva en la forma como se configura su propio vivir transnacional. Las relaciones con las personas, familiares o amigos que quedan en el país de origen son débiles porque el proyecto de vida de estas mujeres está focalizado en el país de destino.

“Viven su proyecto de migración conyugal como una oportunidad de dejar atrás su origen y organizar su proyecto de nueva vida en destino. Vemos, pues, las singularidades que explican la debilidad de la transnacionalidad de estas situaciones migratorias que mueven a mujeres que deciden formar una familia en otro país. Sin embargo, a diferencia de otros proyectos migratorios y desde un punto de vista distinto, estas parejas nos sitúan ante un vivir transnacional mucho más intenso en la medida en que ellas mismas crean un espacio transnacional donde se producen, reproducen e hibridan los roles familiares, de género y conyugales posibles. A lo largo del artículo hemos podido constatar la singularidad de algunas migraciones que generan débiles flujos de relación transnacional. No obstante, al tratarse de parejas mixtas, observamos en su vivir cotidiano la constante reconstrucción y negociación de los roles, obligadas por los modelos de las culturas de origen respectivas. Las parejas viven la educación de los hijos y sus relaciones conyugales en un espacio de confluencia cultural que vincula origen y destino, que reagrupa noviazgos deslocalizados que emergieron en la transnacionalidad.

“Nos preguntamos ahora qué queda de transnacional en el nuevo espacio conyugal. Nos ocuparemos de ello en otro momento.”

(El texto completo se puede leer en la Revista Migraciones internacionales, número 18, enero-junio de 2010, Colef), en el sitio: http://www2.colef.mx/migracionesinternacionales/revistas/MI18/n18-143-174.pdf


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