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Llamada a los campos

Última modificación 08/08/2008 20:00
por luisg

El próximo domingo me trasladaré a un campo de cultivo en la época más difícil del año. Carolina del Norte encabeza a la nación en muertes por golpe de calor. Muchos casos ocurren en julio y agosto, cuando los hombres no sólo luchan contra el calor, sino también contra el envenenamiento por nicotina. Los trabajadores a los que el FLOC representa en Carolina del Norte cultivan 26 productos diferentes, desde pepinos hasta tabaco y árboles de Navidad.

Por: Baldemar Velázquez*

El próximo domingo me trasladaré a un campo de cultivo en la época más difícil del año. Carolina del Norte encabeza a la nación en muertes por golpe de calor. Muchos casos ocurren en julio y agosto, cuando los hombres no sólo luchan contra el calor, sino también contra el envenenamiento por nicotina. Los trabajadores a los que el FLOC representa en Carolina del Norte cultivan 26 productos diferentes, desde pepinos hasta tabaco y árboles de Navidad. En mi historia de trabajador agrícola he trabajado en todos esos cultivos u otros cercanos, de granos, de árboles o arbustos, pero nada parecido al tabaco con sus retos particulares. Me siento obligado a experimentar lo que viven esos hombres en el que se considera el peor, el más riesgoso y sucio de los trabajos,

Mi impresión es que por lo regular esos hombres reciben críticas injustas. Lo que los lectores de noticias del radio y la televisión despotrican contra los inmigrantes, con o sin papeles, no me parece cierto ni correcto. Pasaré una semana frugal, trabajando con ellos, y espero transmitir al público lo que tienen que enfrentar, sus sueños, esperanzas, tragedias y su humanidad. Eso me permitirá, como presidente de su sindicato, el privilegio de hablar con mayor conocimiento sobre su conducta.

Espero enviar un mensaje cada noche a una lista selecta. Es mi deseo arrojar luz sobre ellos desde dentro, sobre una vida sobre la cual la mayoría emite juicios sin la cortesía de ponerse en los zapatos del otro durante una temporada.

27 de julio

Llegué esta mañana y fui recibido con calidez por los trabajadores que serán mis compañeros por una semana. El Caballo, que será uno de mis compañeros de cuarto, se esmeró en hacerme sentir como en casa. Como no hay aire acondicionado, la humedad de Carolina del Norte lo hace a uno sentirse en un horno. Por fortuna estoy en un campo muy decente: hay cuatro dormitorios con cinco camas cada uno, pero en esta habitación sólo estamos tres. Cada una cuenta con regadera y excusado, lo cual le da a este campo las más altas calificaciones en lo referente a comodidades. El edificio de bloques de concreto tiene una cocina completa y un área común para comer y recreación. Pese al calor y a no haber vivido en un campo de cultivo durante muchos años, me siento realmente bendecido. Sé cuán malos llegan a ser algunos campos que tienen un montón de trabajadores indocumentados. Sus condiciones no han progresado mucho desde el tiempo en que Edward R. Murrow produjo su Cosecha de vergüenza.

El edificio dista unos 35 metros del camino rústico, junto a una zona arbolada y no lejos de los campos de tabaco donde entraré por la mañana. Recibí algunas indicaciones de El Caballo acerca de la ropa y los sombreros que se usan para evitar el contacto con las hojas de tabaco hasta donde sea posible. Me dará un poncho improvisado con una bolsa de plástico para basura, para que el rocío matutino no me empape la ropa.

Los hombres que laboran aquí provienen de San Luis Potosí y Durango. Ardo en deseos de saber algo acerca de su vida y de lo que los impulsa a sacrificarse lejos de su familia durante largo tiempo. Es fácil percibir a la distancia el hambre y la necesidad de subsistir, pero lo que la gente no ve es su humanidad. Veo a muchos de estos hombres en la abrumadora soledad de estar alejados de sus familias y aun así poner cara valiente ante esta realidad. Cada uno tiene seres queridos por los cuales se sacrifica; espero que puedan compartir conmigo quiénes son y qué desean para ellos.

Están muy lejos del retrato que hacen de ellos los comentaristas de radio y televisión. Se les ha presentado como transgresores de la ley y tal vez hasta terroristas, cuando en realidad quienes pueden venir con visa de trabajo, lo han hecho así, pero nuestro país lo vuelve imposible para quienes no pueden porque, a diferencia de otros mercados (de bienes y de dinero), el mercado de trabajo no es “libre” y está muy restringido. Esos otros trabajadores vienen como pueden, cumpliendo lo que siempre impulsa los mercados, que es la ley de la oferta y la demanda. Los hombres que he llegado a conocer son respetuosos y extremadamente apegados a la ley. Saben que ir contra la ley puede poner en riesgo su sacrificio por sus familias.

Bueno, el zumbido de los ventiladores sirve como una tentadora canción de cuna; ya casi son las 11 de la noche y las 6 de la mañana llegarán pronto. Gracias a todos por los pensamientos y en especial a los guerreros de la oración para que la semana resulte positiva y edificante para los trabajadores y para el granjero a quien servimos.

28 de Julio

La noche del 28 de julio sobrevino una tormenta con truenos y relámpagos que convirtieron la noche en día. Dormía en mi rincón, junto a una ventana; un chorro de luz me despertó y tuve que cerrar la ventana hasta que dejó de llover. Refrescó la tarde y fue más fácil dormir. La falta de sueño no me ayudó este día. Fue uno de los mayores retos que recuerdo haber pasado.

Nos despertamos a las 6 de la mañana, y con gran ajetreo nos vestimos y preparamos para el día. Abordamos tres vehículos; El Caballo me condujo a una camioneta desvencijada. A eso de las 7 llegamos a la casa del granjero para recoger los contenedores de agua y los llenamos de hielo y agua. Los hombres me consiguieron unas botas de hule y un rollo de bolsas de plástico para hacerme un poncho. Todos tenían un guardarropa parecido, excepto El Caballo, que dejó sus botas a la intemperie y descubrió que estaban mojadas. Llevaba zapatos tenis.  

El corto trayecto al primer campo fue por una vereda serpenteante que arranca del camino rural pavimentado como las que caracterizan muchos campos de Carolina del Norte, desolada y apropiado para el propósito de quedar oculto a la vista y a la atención del público.

Los surcos eran largos y estaban anegados. Les eché una mirada como las que lanzaba en mi juventud a cada nuevo cultivo al que me enfrentaba, ya fuera de algodón, jitomate, pepino, papa, cereza, fresa, mora, frambuesa, durazno, naranja, uva, etcétera.

El trabajo consiste en arrancar la flor de la punta y separar los tallos de la hoja. Los tallos parecen brotes de lechuga romana que se convierten en flores si no se arrancan. El Caballo y otros a los que llaman Panza y El Niño (por su cara infantil), así como uno al que le dicen Rudy, fueron mis instructores de hoy. Me dieron una breve capacitación sobre la ergonomía apropiada al arrancar la flor con toda la mano, porque notaron que comencé usando el pulgar y el índice. Me dijeron que lo lamentaría después, cuando me ardieran los dedos. Se pasaron el día cantando, bromeando y platicando tonterías. Me hicieron un montón de preguntas sobre el sindicato, pero yo desviaba la charla hacia sus familias y sus tragedias personales. El Niño se divorció el año pasado. Sigue siendo un padre leal que mantiene a sus hijos de 17, 16, 12 y 4 años. Está decidido a que sus hijos estudien y no se queden en trabajos mal pagados en México. Siente que estar tanto tiempo en Estados Unidos no fue bueno para su matrimonio, pero la falta de empleos en su patria lo orilló a entrar al programa H2A de trabajadores huéspedes. Panza, por otro lado, está orgulloso de su hija, que se recibirá de abogada, y tiene que reunir 2 mil 500 dólares para los gastos de la graduación.

Con las conversaciones, el tiempo se me pasó volando. Si no fuera por el plástico, estaría empapado por el rocío matutino. Lo malo empezó a las 10:30. No me había dado cuenta de que los otros tenían el poncho empapado; estaba muy ocupado aprendiendo a distinguir los tallos de las hojas y tratando de mantenerse al parejo de los demás. Comencé a sentir mucho calor, como en un horno, y un poco enfermo. Pensé en esperar hasta llegar al final del surco, donde estaban los vehículos estacionados, para quitarme el plástico. Cambié de opinión; me lo quité, lo metí en el cinto y en cosa de minutos volví a la vida.

Trabajamos hasta el mediodía, cuando apareció el granjero con comida. Traía paquetes de almuerzo con distintas opciones. Como fui de los últimos en llegar con él luego de lavarme las manos, me tocó uno de los últimos paquetes, con trozos de pollo y papas fritas. Los devoré y me los bajé con té sin azúcar. Unos 30 minutos después estábamos de vuelta en el campo. Sentí que volví a nacer; la comida y la pausa me devolvieron el ánimo. A eso de las 3 de la tarde terminamos en esa parcela y nos fuimos a otra. La pausa para el traslado nos vino bien porque el calor nos agobiaba. No sé qué temperatura había, pero probablemente pasaba de 30 grados.

Llegamos al otro campo a eso de las 5; me pegué a una pared de ladrillo porque el calor era insoportable y sentía un poco de náusea. Cuando estábamos terminando lo que creíamos que era el último surco del día, me dirigí tambaleante al baño. Cuando llegaron los demás y comenzaron a lavarse llegó el granjero y nos dijo que faltaba otra ronda. Luego de cuatro vasos de agua y un poco de Pepsi helada, que traté de evitar todo el día porque las bebidas gaseosas deshidratan, pensé que necesitaba un poco de azúcar para revivir. Volvimos al trabajo y el granjero se nos unió. El Niño manejaba el tractor antes de esta última ronda y me vio salir del campo. Compasivo, me dijo que tomara el surco al lado del suyo y que me ayudaría a emparejarme si me rezagaba. Para mi sorpresa, el agua, el azúcar y el breve descanso me dieron el segundo aire que había esperado todo el día.

Terminamos a eso de las 6:30 y regresamos despacio al campo. Después de un rato, El Niño y otro al que apodan Chemo tenían que ir a la tienda del pueblo. Les pedí acompañarlos porque no había comprado víveres y quería tener algo para compartirlo con los hombres y no quitarles lo suyo. Eso me dio oportunidad también de conseguir una gorra blanca, guantes y un par de pañoletas blancas para trabajar. Había traído mi gorra de los Indios de Cleveland (azul oscuro) y nada con que cubrirme el cuello, y tenía una raya roja allí por el sol. Pondría la gorra blanca y la pañoleta bajo la gorra para protegerme el cuello (lo hacía siempre cuando trabajaba en los campos). En la tienda, Chemo me pidió que lo ayudara a traducir para que pudiera enviarle dinero a su hijo en New Bern, Carolina del Norte. Le traduje y El Niño lo ayudó a llenar el formulario de Western Union para la remesa.

Todo el día estuve nervioso por la nicotina y el alquitrán. El monstruo verde, como lo conocen, es el envenenamiento por nicotina ingerida a través de la piel. Tuve suerte de encontrar guantes con abrazaderas. Se mojarán, pero al menos serán un escudo contra el alquitrán y la nicotina. Conseguí un juego de tres pares; a ver qué tal funcionan. Agarrar los brotes será problemático porque algunos son muy pequeños.

Hoy pensé en la riqueza de las tabacaleras. Hace un par de meses estuve en la última asamblea de accionistas, en su opulento edificio de Winston-Salem. ¿Cómo puede haber tanta desconexión entre su abundancia y riqueza y las vidas de estos hombres? Espero hablar más sobre los granjeros y sus luchas por mantener esta oportunidad para estos hombres, porque a menudo no se les toma en cuenta para conseguir una fuerza regular de trabajo. Si quisieran, las monolíticas compañías tabacaleras podrían hacer las cosas más llevaderas y seguras tanto para los trabajadores como para los granjeros. Espero que pueda hacerlas escuchar. Como de costumbre, hay un montón de opinadores, pensadores mal informados y burócratas a quienes sopesar cuando se trata de políticas públicas, pero poco saben de la faena diaria de quienes tienen que “trabajar en las trincheras”.  

Por ultimo, pensé en por qué Dios creó esta planta que da origen a un producto que es tenido por villano en todas partes. La semana pasada leí en el Toledo Blade que también podría generar un producto que atacara los tumores cancerosos. Me pareció que podría ver un rayo de esperanza para esta planta en la naturaleza redentora de Dios. Tampoco puedo apartar la mente de los nobles esfuerzos de los hombres y mujeres que cultivan la planta y la cosechan para criar a sus familias. Mi más profundo respeto para ellos.

29 de Julio

A las 6:30 de la mañana estaba casi empapado por la humedad y vestido con mi siguiente juego de camisa y pantalón, lo que es casi a fuerza si no quiere uno lavar todas las noches. No se puede evitar llenarse de alquitrán y nicotina por todos lados, así que evitar el contacto minimiza la ingestión. Siempre me ha funcionado bien con la hiedra venenosa, pero no quiero confiarme.

Los guantes que compré ayer me ayudaron mucho y funcionaron de maravilla. Pude arrancar los brotes más pequeños, que los hombres llaman “retoños”, y evitar el contacto directo de la piel con las hojas y tallos. Tuve que tirarlos por la noche, porque estaban pegajosos y negros con lo que de otro modo estaría en mis manos. Tengo otros dos pares y luego compraré otros dos para el resto de la semana. También la gorra blanca y la pañoleta que le metí para cubrirme el cuello funcionaron espléndidamente. Ya no me pegó el sol en el cuello; estaba bastante rojo, pero no se quemó. Como soy “güero”, según dicen los mexicanos, no me quemo con facilidad, pero me pongo rojo. Creo que ahora soy un verdadero “cuello rojo”**.

Hoy tuve mucho mejor desempeño porque no estaba húmedo, así que no tuve que ponerme la bolsa de plástico; además, la mayor parte de la mañana estuvimos protegidos por las nubes. Comenzamos cada día con una parada en el cobertizo del granjero, que tiene una de esas máquinas que usan los restaurantes para hacer hielo. Llenamos los contenedores térmicos de agua con hielo para el día y de ahí nos vamos al campo. Sólo encontramos un poco mojada la hierba. Al parecer la humedad del día anterior fue por la tormenta de la noche del domingo. De todos modos, me dio gusto no tener que ponerme la bolsa de basura.

Los surcos son realmente largos, así que los hombres tuvieron que improvisar el lugar donde poner la camioneta y la pick up donde va el agua. Hacía mucho calor, pero el sol no salió realmente hasta casi el mediodía, y luego las nubes lo cubrían de cuando en cuando hasta la tarde. No me sentí tan apaleado como el día anterior y cuando dieron las 5 sentía que podía hacer más. No me entiendan mal, estaba bastante cansado y, como durante un tiempo estuve separado unos 30 metros de los demás, me consolé cantando alabanzas y canciones de trabajo. “Salve, rey Jesús, salve, Emanuel, rey de reyes, estrella de la mañana…”

El día con los hombres fue similar al anterior: más enseñanzas para mí, muchas canciones, pláticas sobre sus familias y sobre lo que dejaron en casa. Panza se lamenta de que su segunda hija, de 17 años, no quiere seguir estudiando, sino venir a EU. No le insiste; siente que un padre tiene que aconsejar a sus hijos cuando son chicos, pero cuando llegan a “esa” edad ya no hay mucho que hacer.

El Caballo recuerda el tiempo que pasó en el Ejército Mexicano y habla de cómo al país entero se lo está llevando el tren porque ni los soldados logran detener a los cárteles de la droga. El gobierno de EU le va a dar a México 400 millones de dólares en el Plan Mérida para combatir las drogas, pero el ejército se utiliza para atacar organizaciones civiles como el sindicato de maestros de Oaxaca y los aguerridos campesinos de Chiapas. Luego los cárteles enganchan a algunos de los altamente adiestrados especialistas militares, porque les pagan mucho dinero, y el problema empeora. El Caballo quiere que sus hijos terminen la escuela y estudien para técnicos, maestros o cualquier otra profesión que los aleje del peligro.

El Caballo me mostró cómo extender las plantas para tener a la vista dos a la vez, en busca de retoños que puedan estar más abajo en el tallo. Hoy me tocaron algunos surcos realmente difíciles, con brotes a todo lo largo del tallo, así que me pasé mucho tiempo debajo de las plantas. La otra parte del trabajo que no he mencionado es arrancar la maleza a mano, con todo y raíz. Recuerdo hierbas como éstas en mis días de jornalero en Ohio y Michigan. Las llamábamos “quelite” y desde entonces no sé qué nombre tengan en inglés.

Hoy supe que RJ Reynolds se ha enterado de que estoy trabajando en uno de sus campos y han comenzado las amenazas veladas. Todos los granjeros temen a la empresa, pues dejar de ser proveedores los llevaría a la ruina. Así ocurrió con los granjeros de Ohio durante las campañas con la empresa de sopas Campbells. Cierto, esas empresas tienen tremendo poder, pero por alguna razón RJ Reynolds se niega a hablar conmigo como presidente de FLOC. Al parecer envió una carta a todos sus cultivadores hace algunos meses, advirtiéndoles que no se relacionaran con nosotros. Con toda esa preocupación por FLOC, ¿por qué les inquieta que yo esté trabajando en algunos lejanos campos de tabaco?

¿Alguien les podría preguntar por qué esa política de silencio y luego el chisme a nuestras espaldas? En serio, son como jovencitos que no han madurado desde la secundaria. Veamos si se ponen más agresivos y comienzan a presionar a la gente; alguien debería decirles que eso sería un colosal error de relaciones públicas. A nadie le gustan los rudos, y eso les atraería atención desfavorable porque la mayor parte de sus proveedores tienen un estatus legal cuestionable y la compañía no hace nada por ayudarlos a regularizarse.

¿Cómo está diseñado su sistema de proveeduría? Algunos le llaman línea de abastecimiento. ¿Consiste en exprimir al granjero, dejarlo lidiar solo con los costos crecientes y los riesgos del clima, y mantener a los trabajadores fuera de la vista y de la atención pública? Creo que RJ Reynolds podría hacer algo mejor; estoy seguro de que hay en ella hombres y mujeres de mente razonable y buen corazón.

30 de Julio

El calor de hoy fue de los peores que recuerdo. A las 8 de la mañana ya estaba empapado, en parte por tener que volver a ponerme la bolsa de plástico. La humedad no duró mucho porque el sol ardía, pero cuando nos quitamos el plástico seguimos sudando con profusión. Yo estaba más preparado con las cosas que compré el lunes, una pañoleta para usarla en la frente para que no me entrara sudor en los ojos y un Gatorade en el contenedor del hielo. Los hombres bebían gaseosas a media mañana, pero yo me la pasé tomando agua hasta que me acordé de traer el Gatorade que compré el lunes.

A las 10 de la mañana el que llaman Nino se sintió mal y fue a tomar agua, y otro al que apodan Chemo hizo lo mismo. Ayer supe de hombres que en otras granjas dejan el trabajo a causa del calor. Me sentí incómodo por el sol quemante en la espalda y por las condiciones de este campo. Había un montón de quelites y en los primeros 30 metros tuve que agacharme entre los surcos y hundirme en tierra caliente para arrancar la hierba, sin posibilidad de ser confortado por la brisa. Recordé que en mi pasado de jornalero hacía lo mismo. Primero desbrocé y luego regresé a cortar los brotes.

Cuando llevábamos un surco y medio nos detuvimos a tomar agua en el otro extremo del campo. Los hombres se veían aporreados, respiraban con la boca abierta y tenían la camisa empapada en sudor. Me dije: esto les ocurre a los viejos que realizan este trabajo. Alcancé a ver mi reflejo en el espejo de la pick up cuando fui a tirar mi vaso a la basura. ¡Tenía el mismo aspecto!

Estos hombres son atletas en todos los sentidos de la palabra. Son correosos y fuertes, con mucha energía. La mayoría de este grupo llevan años trabajando juntos, así que hay mucha camaradería. Se ayudan a terminar sus surcos para poder tomar agua todos al mismo tiempo. Cuando los surcos son especialmente largos, ayudan al de al lado para que todos estén en la misma parte del campo. Esto se añade a los relatos, cantos y bromas que hacen soportable el día. Son un equipo; el campo de labor al que volvemos día a día es como una mezcla de vestidor y cuartel.

El granjero vino de nuevo al mediodía y comió con nosotros. Nos sentamos al otro lado del campo, junto a un bosque de pinos que nos dio un lugar agradable para comer. La sombra y la brisa ocasional nos refrescaron. Le hice varias preguntas al granjero sobre la industria del tabaco en pausas apropiadas entre sus bromas con los hombres. Era bastante abierto y sincero para revelar datos que guardé en mi banco de información sobre RJ Reynolds. Hablando de esa empresa, caí en cuenta de que me hacía sentir como un fugitivo. Si me están buscando, ¿qué van a hacer conmigo cuando me encuentren? No tienen más que levantar el teléfono y llamarme.

Luego de la breve pausa para almorzar, nos dirigimos a los próximos surcos; en el curso de una hora el sol nos debilitó. Los cantos cesaron. Nos separamos para terminar los surcos y nos fuimos al campo siguiente. Una vez más, el corto trayecto nos revitalizó y los hombres hacían bromas de que no fuéramos a ser como unos tipos de los que nos habían contado un día antes, que sólo querían trabajar medio día. “Deben creer que son banqueros, de ésos que ponen a todos los demás a hacer el trabajo.”

A eso de las 4 de la tarde una capa de nubes nos refrescó, acompañada por una agradable brisa. Todavía hacía calor; el granjero nos dijo que la temperatura andaba por los 35 grados. Terminamos como a las 5:20; me sentí aliviado.

Esta tarde me senté con El Caballo a leer la Biblia. Tiene una versión bilingüe de la Biblia del Rey Jacobo, que no es mi favorita, pero es buena también para aprender inglés, algo que les interesa a todos los trabajadores. Le prometí a Chemo que le conseguiría una; él se pasa el día preguntándome cómo se dice tal o cual cosa en inglés. Me hizo recitar todo el alfabeto despacio para repetir cada letra después de mí. Decían que sería estupendo que me quedara más tiempo para darles clases.

En mis años de jornalero, el tercer día era siempre el decisivo para irme o quedarme. Espero que mi cuerpo recuerde esa regla mañana.

31 de julio

Cada día me organizo más; hoy recordé poner dos botellas de Gatorade en el contenedor con hielo para complementar mi consumo de agua. Este granjero cumple con todas las normas de sanidad en el campo y tiene agua en abundancia, pero nadie usa el sanitario portátil si no es de veras urgente. Hace demasiado calor allí dentro, pero de todos modos jalamos todo el día ese objeto pegajoso en un remolque. Un trabajador me preguntó por qué hacía falta. Le aseguré que en otras partes del estado y del país no hace tanto calor como aquí, pero además hay mujeres jornaleras; por eso es necesario. Le conté lo difícil que era para mi mamá y mis hermanas cuando trabajábamos en el campo y ellas tenían que buscar lugares en las milpas o en el bosque, o en algún sitio aislado. Le dije que se necesitaron 12 años de audiencias para que nosotros los mexicanos y otros campesinos finalmente lográramos que un juez federal emitiera la orden. Es vergonzoso saber que algo así estuviera en el centro del debate sobre políticas públicas durante tanto tiempo.

Era imposible mantenerse de veras hidratado con un calor que según mis cálculos andaba cerca de 40 grados. Y si no, los campos en los que estábamos lo hacían más intenso, porque estábamos rodeados de zonas boscosas y no soplaba brisa. Volvimos a ponernos las bolsas de plástico y tuve el tino de quitármela luego de la primera ronda. De todos modos ya para las 8:30 AM la parte de arriba del pantalón estaba empapada de sudor. Es fácil ver por qué hay hombres que fallecen por golpe de calor. El cansancio puede ser agravado por la nicotina que, gracias a Dios, no me ha afectado. Rudy, El Caballo y El Niño me contaron que hace tiempo unos hombres se pusieron tan enfermos que tuvieron que marcharse el primer día. Al terminar de trabajar vomitaban verde y se espantaron; creían que iban a morir.

Mi hija, Christiana, vino hoy para tomar fotos por si alguien no cree que estoy haciendo esto. Tuvo mucho éxito entre los hombres. Al principio se mostraron tímidos, como si hubieran olvidado hablar frente a una mujer, pues no han visto a sus esposas e hijas desde mayo, abril o antes. Luego se relajaron y para cuando se fue, le dijeron adiós agitando ramitos de las lindas florecillas color de rosa que arrancaban de los tallos de tabaco.    

Observé que el momento más desgastante puede llegar a cualquier hora entre las 9 de la mañana y las 4 de la tarde. Entonces los observo de veras extenuados, según cuánto tiempo lleven sin hacer pausa, debido sobre todo a la longitud del surco. Ayer tomé mi Gatorade a eso de las 2:30 o 3 de la tarde, e incluso una pausa de cinco minutos para hidratarme me cayó bien. Hoy puse dos botellas en el refrigerador; tomé una a las 10 de la mañana y la otra a las 2 de la tarde. No quiero ser vulgar, pero cuando practicaba atletismo en secundaria media mi grado de hidratación según el color de la orina. Si era muy amarilla, necesitaba más agua. No me hidraté en verdad hasta que regresé al campo, donde tome más agua y otra botella de Gatorade. Lamenté no haber traído un ánfora para este viaje. Puede que la idea tenga mérito como norma para los trabajadores del tabaco.

Hoy volví a comer pollo porque ayer no me fue muy bien con el sándwich de bistec. Me costó trabajo digerirlo con el intenso calor al que estuvimos sometidos. Me puse a soñar despierto que comía un espagueti con carne molida y salsa de jitomate, ¡y de postre una fruta! Fue un bonito sueño en lo que masticaba mis trozos de pollo, pero al menos nos dieron sandía. El granjero tiene siembras de melón y sandía entre los campos de tabaco. En los dos días pasados ha venido a visitarnos. Le gusta charlar y siempre anda en uno de esos cuatriciclos recreativos. Presume de sus sandías y también de otros cultivos de jitomate y chiles jalapeños. No tuvo que decirnos dos veces que tomáramos lo que quisiéramos.

Me siento bastante entero, fuera de una quemadura de sol en la nariz y en la cara, algo de ardor en tobillos y pantorrillas, e hinchazón en las manos. Dicen los hombres que el ardor es por la tierra y el polvo que se meten debajo de los pantalones cuando arrancamos los tallos de quelite. Me duelen las manos, pero es natural por la labor de despuntar las plantas y arrancar los quelites.

Aunque ha habido momentos difíciles por el calor, la actitud de los hombres de ayudarse unos a otros significa una gran diferencia. Cuando uno insiste en hacer la pausa para tomar agua, los que terminan primero regresan a ayudar a los demás. Esto me ha ayudado, porque desde el principio de la semana he batallado para mantener el paso. Conforme me he ido habituando a saber qué buscar he podido mantenerme al parejo, sobre todo en surcos llenos de quelites. Recuerdo cada vez más cómo lo hacía en mi juventud y he recobrado mi eficiencia en ese aspecto.

Poco después de las 3 de la tarde tuvimos el alivio de que una nube se cernió sobre nosotros mientras al noreste estallaba una tormenta. Más tarde comenzó a llover. Fue la vez que más temprano abandonamos la labor. No creo que fueran ni las 4 PM. Como regresamos temprano al campamento, pude lavar mi ropa con un poco de detergente que me regaló El Caballo para la lavadora que el granjero tiene allí. Llevé cuatro camisas y hoy me puse la última. Siempre alguien me invita a compartir su comida y hoy El Caballo preparó carne con papas fritas, frijoles y una salsa pico de gallo mientras yo lavaba. Luego de colgar la ropa en el tendedero, ¡me esperaba una deliciosa comida!

1 de agosto

Al despertar esta mañana, a las 5:50, tenía entumecidas las manos. Como creí que era por dormir apoyado en ellas, no le di mayor importancia y me levanté. Al empezar la rutina de vestirme, tomar café con leche, recoger mis botas de hule, pañoleta, gorra, pañuelo y mis tres botellas de Gatorade para hoy, todo iba como máquina bien aceitada. A eso de las 4 de la mañana había llovido; sabía que las plantas estarían húmedas y tendríamos que ponernos las horribles bolsas para basura. En el camino les dije a los que iban conmigo en la camioneta que tenía las manos hinchadas; se miraron entre sí y Shorty me dijo: “así las tenemos todos”.

Ayer el último campo grande donde cortamos tallos ya había sido desbrozado a máquina, así que los arbustos estaban rotos y eran más duros de arrancar. El de hoy estaba igual; algunos tallos eran demasiado gruesos para romperlos con una mano y había que usar las dos. Al entrar en el primer surco una mano se me volvió a entumecer, al punto de perder la sensibilidad. La sacudí pero siguió igual; pregunté a El Niño y a El Negro qué hacer. Me dijeron que se iría luego de una semana o poco más.

No me hizo gracia. Por un rato trabajé dejándola colgar a un lado y arrancando brotes con la otra. Luego recobré el tacto y volví a utilizarla. Cuando sentía que hormigueaba, la sacudía de arriba abajo. Luego se me olvidó el asunto y el día siguió sin más entumecimientos. Probablemente me distrajo la sensación de estar hirviendo dentro de la bolsa de plástico.

Los guantes ayudan, como he dicho, pero de todos modos la nicotina se mete debajo de ellos y de la camisa. Cuando me quito los guantes tengo las manos pegajosas por la nicotina que se infiltra. Y esta noche sentí comezón en los brazos; los hombres me advirtieron que no me rascara. Me dijeron que dejara que el cuerpo se acostumbrara. Es una de esas situaciones en las que uno tiene ganas locas de rascarse pero eso sólo empeora las cosas.

Tenía puestas las botas de hule a causa del lodo y el agua. Cuando por fin me los quité para ponerme los tenis, a eso de las 10:30 AM, había como medio vaso de agua en ellas. No tengo idea de cómo se metió; no todo podía ser sudor, ¿o sí? El Niño contaba sobre su hijo de cuatro años. Es el compañero divorciado que tiene mucho apego por sus cuatro hijos. Manda 500 dólares cada dos semanas a su ex esposa para ellos y la última vez que habló con ellos fue hace dos días. Su hijo quiere que le lleve un MP3 porque su hermana mayor recibió uno de una tía que está en Texas. Dice que una de las razones por las que viene a trabajar es porque quiere dar a sus hijos algo más que tortillas con frijoles. Sobre todo si van a seguir estudiando, cosa que no es barata en México.

El agua de las hojas no se seca y la mayoría tuvimos encima las bolsas hasta casi las 9:30, cuando ya no soportábamos el calor y nos las quitamos aunque nos empapáramos de agua con nicotina. Los hombres me advirtieron que escupiera el agua que me entrara en la boca porque si no estaría tragando la sustancia del tabaco. El Caballo dice que eso pasa cuando uno corta las hojas de abajo por la mañana; se viene toda el agua sobre uno y empapa el cuerpo, la cara y la boca. Y sí, conforme despuntábamos el agua salpicaba por todas partes.

Luego vinieron más relatos del “monstruo verde”, de hombres que vomitan cosas raras, incluso las chinches que infestan partes de algunos campos. No las he mencionado, pero son una plaga y se meten en todos lados. Algunas zonas son tan malas que durante una de las pausas para tomar agua, al levantar mi vaso del recipiente térmico, ¡cinco chinches se habían metido en mi bebida y me miraban a la nariz cuando me llevé el agua a la boca!

De veras me alegré cuando salimos de ese campo y nos fuimos a otro con surcos muy largos. Lo llaman campo aeropuerto porque antes un granjero lo usaba de pista para su avioneta. Panza y Chemo se retrasaron mucho porque les tocaron los surcos exteriores, que con frecuencia tienen mucho más brotes. Dicen que es porque reciben más aire y por los venados que salen del bosque a masticar las plantas tiernas, que les encantan. Los ayudé a terminar en vez de ir a tomar agua con los demás. Para cuando acabamos, los otros ya iban 90 metros adelante en los otros surcos. Los tres hicimos una pausa para tomar y compartí mi Gatorade con ellos.

La conversación informal se volvió un poco triste cuando Panza comenzó a hablar de su hija que se recibió de abogada. Dijo que hoy era el gran día. Esta mañana hubo una misa para ella en el pueblo donde vive. Luego se fueron a la entrega de los diplomas; en ese momento –dijo, sacando el reloj– ella estaría recibiendo el suyo. Alzó la mirada al cielo y me pareció que tenía húmedos los ojos cuando dijo suspirando que le gustaría estar allí. Se me hizo un nudo en la garganta al recordar lo orgulloso que se sentía de ella, única de su familia que tenía una profesión. Era lo que hacía que su sacrificio valiera la pena, dijo cuando volvimos a la incomodidad de la tarea.

Entrego mi corazón a estos hombres. Son buenas personas; tienen corazón y profundos sentimientos de lealtad y amor hacia sus familias. Rudy, el de Durango, todavía llora la muerte de su hija de 16 años. Falleció de cáncer hace tres años. Me lo ha contado varias veces y le he dicho que me lo puede contar cuantas veces quiera y que me encanta saber de ella. Siento su tristeza aunque relata la historia en voz baja, con estoicismo.

2 de agosto

Hoy fue mi último día de trabajo con los hombres. Nos detuvimos a eso de las 3:30 de la tarde, como es costumbre los sábados porque es día de cobro. Hacía mucho calor en el hueco donde trabajamos. Era como una caldera, pero trabajé hasta el último tallo y ayudé hasta el último hombre. Me sentí un poco triste, como si no quisiera que acabara. Voy a extrañar los relatos, las bromas, los cantos y las muchas preguntas, por tontas o importantes que fueran. Sobre todo, compartir sus esperanzas e ideas personales. El saldo final en mi cuerpo fue la comezón en brazos y piernas, cuatro cicatrices en la mano derecha, quemaduras de sol en nariz, cara y labios, y las manos hinchadas y adormecidas.

Anoche me di cuenta de lo especial que ha sido esta experiencia, que los hombres compartieran lo bueno y lo malo de sus vidas conmigo a lo largo de la semana. Confesiones, relatos íntimos, conflictos, muchos de los cuales no mencioné aquí. Quería decirles que todo saldrá bien. Que sus familias estarían seguras, que si hacían algo malo les sería perdonado y que sí tenían algún problema lo resolverían; que tuvieran fe. Dios me inspiró la idea de llamar al único pastor que sabía que podría venir y ayudarme a hacer eso y a bendecirlos a ellos y a sus familias. El reverendo Nelson Johnson se ha reunido con RJ Reynolds para proponer un diálogo con el FLOC; luego de varias reuniones, la empresa persiste en evadir cualquier responsabilidad por la producción del tabaco que utiliza. Logré contactar al reverendo y le pedí que viniera a orar por los trabajadores.

Fue una poderosa experiencia. Llegó antes del almuerzo y allí, en medio del campo de tabaco, todos oramos. Habló con el corazón en la mano, recordando a los muchos afroestadunidenses que trabajaron en estos mismos campos, como él mismo en su juventud; bendijo a las familias de los trabajadores en México, pidió que salieran con bien del trabajo y que se ablandara el corazón de muchos para levantar el yugo que oprime a los trabajadores del tabaco. También oró porque se dé la unidad entre morenos, negros y blancos en torno a este propósito. Yo traduje sus palabras, sintiendo el mismo fervor en el corazón. Cuando terminamos noté que El Caballo y Rudy tenían lágrimas en los ojos.

Rudy me dijo esta noche: “Cuando bendijo a nuestras familias en México no pude contener la emoción porque por ellos estoy aquí; me conmovió que él no sea de mi raza y venga a decirnos esas palabras. Me hizo sentir que hay quien nos escucha, que no nos han olvidado”.

Cuando terminamos la labor, nos dirigimos a la casa del granjero para recoger los cheques de la paga. Me enteré de que planeaban hacer una cena al aire libre para despedirme. Insistí en comprar la carne. Llamé a mis auxiliares del FLOC para que me ayudaran; Frank y Diego no sólo la compraron, sino la marinaron como expertos y la asaron para nosotros. Hubo más relatos, bromas y música.

Más tarde la plática se tornó seria. Hoy Lolo (a quien no he mencionado) fue el beneficiario de la tanda, en la que participan nueve hombres. De ese modo puede mandar 800 dólares extras a su familia esta semana. Muchos mexicanos de este lado de la frontera tienen esta práctica. Es una buena forma de ahorrar dinero sin exponerse a tenerlo guardado y que algún ladrón se lo lleve.

Hablando de dinero, mi inversión total en esta aventura fue de unos 47 dólares sin contar el transporte, y eso sólo por la compra de cinco camisas de algodón de manga larga y tres pants por el fabuloso precio de 24 dólares. Me advirtieron que las manchas de tabaco ya no se quitarán. Al final de la temporada los hombres queman su ropa de trabajo.

En cambio, la inversión de los trabajadores para venir, si tienen visa H2A, va de 500 a 900 dólares, pero, si vienen con un coyote que los meta al país, puede ir de 2 mil a 3 mil 500 dólares hasta Carolina del Norte. Los que tienen visa me han dicho que pueden salir adelante con unos 350 dólares para gastos. Uno que viene de San Luis Potosí detalló esos gastos: primero tiene que pagar un depósito de 130 dólares en Banamex para garantizar que se presentará al consulado estadunidense para su entrevista, luego 28 dólares del autobús a Monterrey para la entrevista, 110 del autobús a Carolina del Norte. La Asociación de Productores de Carolina del Norte (NCGA, por sus siglas en inglés), con la que el FLOC tiene contrato, rembolsa estos 268 dólares a la llegada del trabajador. Los otros 82 dólares son para comidas y para el hospedaje en Monterrey, porque el trámite tarda dos días a causa de la “guerra al terrorismo” y la histeria contra los “ilegales”.

Cuando les dan su rembolso lo usan para sobrellevar las dos primeras semanas en lo que llega el primer cheque de pago. Por lo regular tienen que conseguir prestado todo el dinero antes de salir de México, con un extra para dejar a la esposa y los hijos hasta que reciban la primera remesa. Este trabajador en particular les deja 200 dólares, así que el préstamo total es de 550. Algunos dejan más.

Los trabajadores de la NCGA tienen enorme ventaja porque el sindicato está pendiente de cualquier irregularidad, a diferencia de los muchos enganchadores que operan en México. Los trabajadores son muy vulnerables a sujetos criminales que les roban el dinero presentándose como enganchadores; a menudo se sabe de impostores que abren oficinas en una población de buen tamaño, recogen pasaportes y dinero y, luego de cobrar miles de dólares, ¡desaparecen con todo! El FLOC ha entregado algunos de estos rufianes al consulado estadunidense y presiona a las autoridades mexicanas para que adopten leyes al respecto. La actuación de éstas es deplorable: parece que lo único que les preocupa es que sus compatriotas lleguen acá de cualquier forma con tal que puedan enviar dólares a México.

A diferencia de la NCGA, los enganchadores que no tienen un sindicato que los vigile cobran honorarios superiores a los del consulado y a los gastos legítimos. En marzo de 2007 hice una gira por varias ciudades para advertir a los trabajadores que no paguen esos honorarios, los cuales van contra las leyes federales mexicanas. Una semana después uno de nuestros colaboradores, Santiago Raphael Cruz, fue brutalmente asesinado en nuestra oficina en Monterrey. Fue uno de los momentos más terribles de mi vida y de mi trabajo.

Seguimos haciendo en México esa labor de educación y defensa que el hermano Santiago tanto amaba. Remodelamos la oficina, luego que la Comisión Interamericana de Derechos Humanos nos concedió medidas de protección y obligó al gobierno mexicano a ejecutarlas. Han instalado cámaras de seguridad, dieron teléfonos celulares al personal, con números de emergencia, y hacen visitas de rutina. También deben actuar sobre las pistas que les proporcione el abogado que da seguimiento al caso por parte del FLOC. La investigación continúa; las autoridades han capturado y sentenciado a un hombre a 26 años de prisión. Otros tres siguen prófugos. La oficina del FLOC en Monterrey se llama ahora Centro de Justicia Santiago Raphael.

A los trabajadores indocumentados les va mucho peor que a los que tienen visa. Muchos no cuentan con los 2 mil dólares o más para pagar a los coyotes, así que vienen como esclavos de éstos, quienes los vigilan hasta que se cobran sus servicios con los jornales. Muchos terminan en servidumbre perpetua por la vieja rutina de la “tienda de raya”: tardan más en pagar su deuda porque los polleros les cobran por todo. Por ejemplo, a los trabajadores con visa el granjero les paga el transporte local. El indocumentado tiene que pagar a su “supervisor” el transporte, no sólo a la tienda el fin de semana, ¡sino también el traslado diario al trabajo!

Cuando los trabajadores logran escapar de esto, terminan en las ciudades haciendo los trabajos más humildes y sucios. Luego intentan ir mejorando, sólo para ser satanizados por Tom Concredo, Lou Dobbs, Bill O’Reilly, Sean Hannidy y otros comentaristas por el estilo, que ocultan su propio pasado de inmigrantes: sus abuelos entraron al país por la isla Ellis. ¿De dónde creen que vino el término “WOP”? Era el sello que les ponían a los inmigrantes italianos, ¡y quería decir without papers (sin documentos)!

Lo que hace más perversa la situación es que es deliberada. Compañías como RJ Reynolds saben que su fuerza de trabajo está compuesta por indocumentados y, en menor escala, por trabajadores con visa H2A. La competencia dispareja entre granjeros que tratan de cumplir con la ley pese al marasmo de trámites y a la constante incompetencia de burócratas con autoridad discrecional para cambiar las reglas a media temporada, y otros granjeros que emplean coyotes y polleros para sacar ventaja, permite a la empresa ejercer su oneroso control para mantener bajo el precio del tabaco crudo. Mientras el granjero permanezca al borde de la supervivencia de su negocio familiar, seguirá siendo temeroso y débil para desafiar a la compañía en busca de un mejor precio. El trabajador inmigrante queda atrapado en esta situación.

Con los miles de millones de dólares que RJ Reynols reportó de utilidad en su más reciente asamblea de accionistas, me pregunto cuál cree que será el valor eterno de todo esto. De seguro existe una forma más justa de cultivar nuestros productos.

 

* Presidente del FLOC (Farm Labor Organizing Committee).

Traducción: Jorge Anaya


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